¿Quiénes son los Padres de la Iglesia?

ADMINISTRACIÓN DE LOS BIENES

LA AVARICIA
AYUNO

BIEN COMÚN

BIENES
LA CARIDAD

COMUNICACIÓN DE BIENES

DESTINO UNIVERSAL DE LOS BIENES CREADOS

DINERO

EDUCACIÓN DE LOS HIJOS EN EL USO DE BIENES

FELICIDAD

HIJOS

JUICIO FINAL

LUJOS

NECESARIO Y SUPERFLUO

PERDÓN DE LOS PECADOS Y LIMOSNA

POSESIÓN DE BIENES

PROPIEDAD
RICOS
SALVACIÓN DE LOS RICOS
SOLIDARIDAD

USO DE LOS BIENES

2- CITAS BÍBLICAS: DIEZMO – OFRENDA

QUÉ DICE LA BIBLIA SOBRE EL DIEZMO

QUÉ DICE LA BIBLIA SOBRE LA OFRENDA

OTRAS CITAS


¿Quiénes son los Padres de la Iglesia?

Con la expresión Padres de la Iglesia se entiende, en sentido estricto, a aquellos autores cristianos antiguos, anteriores al año 750 según una fecha convencional pero que tiene su razón de ser, que poseen además ortodoxia de doctrina, santidad de vida y la aprobación de la Iglesia. Se aplica en cambio el nombre de escritores eclesiásticos a los que carecen de algunas de las tres últimas características; no por eso dejan de interesarnos, pues a menudo nos ayudan a entender no sólo la ocasión sino aun el mismo alcance de las afirmaciones ortodoxas de la época.
Ellos ahora nos vienen a iluminar sobre el sentido de la caridad, del ayuno, del bien común, de la avaricia y de la comunicación de los bienes, entenderlos correctamente nos permitirá ordenar muchos aspectos de nuestra vida al tener una recta visión sobre que es lo el Señor pide a cada uno de sus hijos.
Como se puede ver, la antigüedad es una característica común a unos y a otros, y es tanto más importante cuanto mayor sea, pues a causa de ella son testimonios de la fe y de la Tradición en aquellos primeros siglos en que se fija el dogma y nace la teología. Cosa que ocurre, en buena parte, gracias a su actividad; y, de manera especial, gracias a la de los Padres de la Iglesia en sentido estricto, que precisamente por eso, reciben este nombre.
El valor del legado de los Padres y su significado para la Iglesia ha sido expresado felizmente por el Papa Juan Pablo II con estas palabras:
 

«Padres de la Iglesia se llaman con toda razón aquellos santos que con la fuerza de la fe, con la profundidad y riqueza de sus enseñanzas la engendraron y formaron en el transcurso de los primeros siglos. Son de verdad 'Padres' de la Iglesia, porque la Iglesia, a través del Evangelio, recibió de ellos la vida. Y son también sus constructores, ya que por ellos - sobre el único fundamento puesto por los Apóstoles, es decir, sobre Cristo- fue edificada la Iglesia de Dios en sus estructuras primordiales. La Iglesia vive todavía hoy con la vida recibida de esos Padres; y hoy sigue edificándose todavía sobre las estructuras formadas por esos constructores, ya que por ellos -sobre el único fundamento puesto por los Apóstoles, es decir, sobre Cristo- fue edificada la Iglesia de Dios en sus estructuras primordiales. La Iglesia vive todavía hoy con la vida recibida de esos Padres; y hoy sigue edificándose todavía sobre las estructuras formadas por esos constructores, entre los goces y penas de su caminar y de su trabajo cotidiano. Fueron, por tanto, sus Padres y lo siguen siendo siempre; por ellos constituyen, en efecto, una estructura estable de la iglesia y cumplen una función perenne en pro de la Iglesia, a lo largo de todos los siglos. De ahí que todo anuncio del Evangelio y magisterio sucesivo deba adecuarse a su anuncio y magisterio si quiere ser auténtico; todo carisma y todo ministerio debe fluir de la fuente vital de su paternidad; y, por último, toda piedra nueva, añadida al edificio santo que aumenta y se amplifica cada día, debe colocarse en las estructuras que ellos construyeron y enlazarse y soldarse con esas estructuras. Guiada por esa certidumbre, la Iglesia nunca deja de volver sobre los escritos de esos Padres -llenos de sabiduría y perenne juventud- y de renovar continuamente su recuerdo. De ahí que, a lo largo del año litúrgico, encontramos siempre, con gran gozo, a nuestros Padres y siempre nos sintamos confirmados en la fe y animados en la esperanza»
(Carta apostólica Patres Ecclesiae, con ocasión del XVI centenario de la muerte de San Basilio, edición castellana del «Osservatore Romano», 27-I-1980).

 

ARRIBA

ADMINISTRACIÓN DE LOS BIENES

Eres administrador de lo que tienes
Entiende, hombre, quién te ha dado lo que tienes, acuérdate de quién eres, qué administras, de quién has recibido, por qué has sido preferido a otros. Has sido hecho servidor de Dios, administrador de los que son, como tú, siervos de Dios; no te imagines que todo ha sido preparado exclusivamente para tu vientre. Piensa que lo que tienes entre manos es cosa ajena. Te alegra por un tiempo, luego se te escurre y desaparece; pero de todo se te pedirá estrecha cuenta.

(S. Basilio, H. Destruam 2).

ARRIBA 

No seamos malos administradores

No seamos, amigos y hermanos míos, en manera alguna malos administradores de lo que nos ha sido dado, no sea que hayamos de oír a Pedro que nos dice: «Avergonzaos los que retenéis lo ajeno; imitad la equidad de Dios y no habrá ningún pobre» (Ex apost. const. Clementis) 

 (S. Gregorio Nacianceno, D. 14 amor pobres 24).

ARRIBA

Somos administradores de lo ajeno

Que cada uno de vosotros se dé cuenta de que es administrador de lo ajeno; que cada uno arroje de su alma toda soberbia de señorío y pro­piedad, y tome más bien la actitud de humildad y cautela que conviene al que es súbdito y administrador. Como quien a cada momento está esperando la llegada del amo, escribe con la cuenta que te justifique. Eres inquilino, y sólo por poco tiempo se te ha concedido el uso de lo que tienes confiado

(S. Asterio, H. Mayordomo inicuo).

ARRIBA

LA AVARICIA

La avaricia esclaviza

Terrible cosa es, terrible la avaricia, que embota Ojos y Oídos Y hace a sus víctimas más fieros que una fiera. La avaricia no deja pensar e, la conciencia ni en la amistad ni en la salvación de la propia alma; de todo aparta de un golpe y, como una dura tirana, hace esclavos suyos a quienes se dejan prender por ella-

(S. Juan Crisóstomo Jo h. 65, 3)

ARRIBA

La avaricia no es sólo la concupiscencia de loa ajeno.
La avaricia no consiste sólo en la concupiscencia de lo ajeno. Lo que parece que es nuestro, es ajeno, pues nada es nuestro, porque todas las cosas son de Dios, a quien pertenecemos también nosotros mismos. Si sufrimos alguna pérdida y la llevamos con impaciencia, doliéndonos de perder lo que no es nuestro, damos a entender que no estamos libres aún de la avaricia. Amamos lo ajeno, cuando soportamos difícilmente la pér­dida de lo ajeno. Quien se deja llevar por la impaciencia, anteponiendo los bienes terrenos a los celestiales, peca directamente contra Dios, pues aniquila el espíritu que recibió de Dios en atención a los bienes de este siglo. Así, pues, renunciemos con buen ánimo a las cosas de este mundo y busquemos las celestiales. Aunque todos los bienes de este siglo perez­can, poco importa si se incrementa nuestra paciencia. Si alguno lleva mal el verse privado por el hurto, la violencia o incluso la pereza de una pequeña parte de lo que posee, ¿se puede esperar que se desprenda de parte de sus bienes para hacer limosnas?

(Tertuliano Sobre paciencia 7).

ARRIBA

AYUNO

Abunde tu ayuno con limosna

Abunden los ayunos de los cristianos en la distribución de las limosnas y en el cuidado de los pobres, y lo que cada uno quita a goces lo emplee en los enfermos e indigentes. Háganse buenas obras para que todos con una sola boca bendigan a Dios y quien dé alguna parte de sus riquezas entienda que es ministro de la misericordia divina que puso la parte del pobre en la mano del liberal. Los pecados que lavan el bautismo de agua o las lágrimas de penitencia también son borrados por las limosnas, según dice la Escritura: «Como el agua extingue el fuego, así la limosna borra los pecados»

(Si 3, 30) (5. Leóp1 Magno, se. 49, 6).

ARRIBA

No sirve para el cielo

Yo sé de muchos que ayunan, hacen oración, gimen y suspiran, practican toda piedad que no suponga gasto, pero que no sueltan un óbolo para los necesitados. ¿De qué les aprovecha toda esa piedad? ¡No se les admitirá en el reino de los cielos!

( Basilio, H. contra ricos 3).

ARRIBA

BIEN COMÚN

Búsqueda del bien común y semejanza divina

Quiero te des cuenta cómo los mandamientos de que hace Dios particular cuenta son éstos señaladamente; para lo que basta conside­rar que, cuando habla del ayuno y la virginidad, hace memoria del reino de los cielos; mas cuando establece sus leyes acerca de la limos­na y humanidad y de la misericordia de que hemos de estar animados, nos pone delante un galardón muy superior al reino mismo de los cie­los: «Para que seáis —dice— semejantes a vuestro Padre del cielo» (Mt 5, 45). Así, las leyes que señaladamente hacen a los hombres seme­jantes a Dios, en cuanto cabe que los hombres se asemejen a Dios, son las que miran al provecho y bien común. Y queriendo Cristo dar a entender eso mismo, decía: «Porque Él hace salir su sol sobre los malos y buenos, y llueve sobre justos e injustos» (Mt 5, 45). Así voso­tros, empleando según vuestras fuerzas lo que tenéis en común prove­cho, imitad al que distribuye sus bienes por igual a todos.

(Juan Crisóstomo, Sobre la fe h. 1, 7)

ARRIBA

Vivir es sobre todo servir al bien común
En lo terreno, nadie vive para sí solo. El artesano, el soldado, el labrador, el comerciante, todos sin excepción, contribuyen al bien común y al provecho del prójimo. Pues con mayor razón ha de hacerse así en lo espiritual. Porque esto es sobre todo vivir. El que sólo vive para si y desprecia a todos los demás, es un ser inútil, no es hombre, no pertenece a nuestro linaje.

(5. Juan Crisóstomo, Mt h. 77, 6).

ARRIBA

BIENES
Bien que hace bueno y bien para hacer el bien
Hay un bien que hace bueno y un bien con el que puedes hacer bien. El bien que te hace bueno es Dios, porque no puede hacer bueno al hombre a no ser Aquel que es la misma bondad. Luego, para ser bueno, invoca a Dios. Pero hay otro bien con el que puedes hacer bien; es decir, todo lo que tuvieres. El oro y la plata son bienes que no te pue­den hacer bueno, pero con los que puedes hacer el bien. Tienes oro, tie­nes plata y apeteces oro y apeteces plata. Tienes y deseas más; estás hinchado y aún tienes sed. Esto es enfermedad, no opulencia.

( Agustín, se. 61, n. 3).

ARRIBA

Bienes que concede Dios al hombre con la condición de usarlos rectamente
Dios, sapientísimo creador y justísimo ordenador de todas las natu­ralezas, que concedió al hombre la máxima dignidad entre los seres de la tierra, le dio ciertos bienes convenientes a esta vida; es decir, la paz temporal según la medida de la vida mortal para su conservación, inco­lumidad y sociabilidad. Le concedió también todas las cosas necesarias para conservar y recuperar esta paz, como lo que es apto y convenien­te para los sentidos, la luz, la noche, las auras respirables, las aguas potables, y todo lo que es apto para alimentar, vestir, curar y adornar el cuerpo. Todo eso nos lo concedió con una condición justísima: que el mortal que usara rectamente de tales bienes, ajustándose a la paz de los mortales, recibiría bienes mayores y mejores, a saber, la misma paz inmortal y la gloria y el honor conveniente a ella, de gozar a Dios en la vida eterna y al prójimo en Dios. Pero quien use mal no recibirá aque­llos bienes y perderá éstos.

(Agustín, Ciudad de Dios 19, 13, 2).

ARRIBA

LA CARIDAD
La caridad siempre tiene que dar. Es la buena voluntad

¡No tiene límite el bien que hace la caridad! Si posee bienes exteri­ores, da de los que tiene; en caso contrario, muestra buena voluntad y si puede, aconseja y ayuda, y si, finalmente, no puede aconsejar ni ayudar, expresa su buen deseo y ora por el atribulado, y, sin duda, Dios oye antes esta oración que la del que ofrece pan. Tiene siempre algo que dar aquel cuyo pecho está henchido de caridad.

La caridad misma no es otra cosa que la buena voluntad. Dios no te exige más que lo que hay dentro de ti. No puede faltar la buena volun­tad.  Si no tienes buena voluntad, aunque te sobre el dinero no lo das al pobre. Si tienen buena voluntad, los mismos pobres pueden ayudarse y hacerse bien recíprocamente. Considera cómo el ciego es guiado por el vidente. Este no tiene dinero para dar al necesitado, pero presta sus ojos al que no los tiene. ¿Y esto por qué, sino porque posee interiormente la buena voluntad, el tesoro de los pobres? En este tesoro se encuentra el descanso dulcísimo y la verdadera seguridad. No lo puede robar el ladrón ni ser perdido en un naufragio. Cada uno lleva consigo su inte­rior y, aunque tenga que huir desnudo, puede ser rico. «El justo, por consiguiente, se compadece y presta»

(Sal 36, 21) (S.Agustín, Sal 36, n. 13).

ARRIBA

Siervo por la caridad, libre por la verdad
«Servid al Señor con alegría» (Sal 99, 2). Libre es la esclavitud del Señor; libre la servidumbre, a la cual nos sujeta la caridad, no la necesidad. «Vosotros, hermanos -dice el Apóstol—, habéis sido llamados a libertad; pero no sea la libertad pretexto para servir a la carne, antes servios recíprocamente por caridad de espíritu» (Ga 5, 13). Siervo te haga la caridad, para que libre te haga la verdad. «Si permaneciereis en ¡ni espíritu —dice el Señor—, seréis verdaderos discípulos míos y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 3 1-2). Eres a la vez siervo y libre: esclavo, porque has sido creado; libre, porque eres amado por Dios, que te ha hecho, y, en consecuencia, también libre, p0tque amas a Dios, que te ha creado.

( S. Agustín, Sal 99, n. 7).

ARRIBA

No usa bien sino la caridad
No usa bien sino la caridad. La caridad todo lo tolera (lCo 13, 7) y no quebranta la unidad, de la que ella misma es su más fuerte vínculo. También el siervo del Evangelio recibió un talento, por el que se signi­fica todo don de Dios; sin embargo, dice el Evangelio: «Al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará aun lo que tiene» (Mt 25, 29). No puede ser quitado lo que no se tiene, pero al siervo le falta algo y con razón se le quitó lo que tenía; no tenía la caridad para usar bien, de modo que se le quitó todo lo demás, porque sin la caridad nada apro­vecha.

(S. Agustín, A Simpliciano 2, 10).

ARRIBA

COMUNICACIÓN DE BIENES

 

No encojas la mano para dar.

No seas de los que extienden la mano para recibir y la encogen para dar.

(Didaché 4, 5).

ARRIBA

 

Es rico el que da.

«Hay quienes, al sembrar, recogen más» (Pr 11, 24): aquellos de quienes se escribe: «Derramó, dio a los pobres, su justicia permanece para siempre» (Sal 111, 9). De suerte que no es rico el que posee y guarda, sino el que da; y este dar, no el poseer, hace al hombre feliz. Ahora bien, fruto del alma es esa prontitud en dar. Luego en el alma está el ser rico.

(Clemente de Alejandría, Pedagogo 3, 6).

ARRIBA

 

Se condena al que no da de lo suyo.

¡ Qué horror, qué sudor y tinieblas no te rodearán cuando oigas la otra sentencia de condenación: «Apartaos de mí, malditos, a las tinie­blas exteriores, que están preparadas para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, estaba desnudo y no me vestisteis» (Mt 25, 41). No se acusa ahí al ladrón, sino que se condena al que no quiere dar de lo suyo. 

(S. Basilio, H. Destruam 8).

ARRIBA

 

La limosna, don y préstamo.

¿Cuál es el consejo del Señor? «Prestad a quienes no tenéis espe­ranza que os devuelvan lo prestado» (Lc 6, 34). «~,Y qué préstamo es ése —me decís—, al que no va junta la esperanza de pago?» Entiende el sentido del dicho del Señor y admirarás la bondad del que da esa ley. Cuando das al pobre por amor del Señor, una misma cosa es el don y el préstamo. Don, primeramente, porque no hay esperanza de recibir nada a cambio; préstamo, también, por el gran galardón de parte del Señor, que te pagará por el pobre, y por una nonada, recibida por manos de éste, te devolverá grandes sumas

(5. Basilio, 11. contra usu­reros 5).

ARRIBA

 

Lo que caracteriza a la limosna es la intención.

Lo que da su carácter a la limosna no es la cantidad de bienes, sino la cantidad de intención o espíritu. Así, la viuda del Evangelio no echó más que sus dos reales y sobrepasó a los que nadaban en riqueza, y la otra viuda, con un puñado de harina y un poco de aceite, dio hospedaje al pro­feta, cuya alma era toda celeste; y para ninguna de las dos fue obstáculo la pobreza. No alegues, pues, excusas superfluas e insensatas. Dios no pide abundancia en el dar, sino riqueza en la intención; y esta riqueza no se muestra por la medida de los dones, sino por la buena voluntad de los donantes

(5. Juan Crisóstomo, Sobre el Incomprensible 1’. 8, 2).

ARRIBA

 

Limosna, oración y ayuno.

Los que oran no se acerquen a Dios con simples discursos infructuosas y desnudos. Es petición ineficaz rogar a Dios con oraciones sin obras. Porque si «todo árbol que no dé buen fruto será arrancado de raíz y echado al fuego» (Mt 7, 19), no pueden agradar a Dios las palabras ~m fruto que no sean fecundas en obras. De ahí que la Escritura divina nos instruya diciendo: «Buena es la oración con la limosna y el ayuno» (Tb 12, 9). Porque quien en el día del Juicio ha de premiar las buenas obras y las limosnas, hoy también escuchará benignamente las oracio­nes acompañadas de las mismas obras buenas. De este modo mereció ser oída la oración de Cornelio, el centurión. Hacía muchas limosnas al pueblo y oraba Continuamente a Dios. Cuando estaba en oración, cerca de la hora nona, se le apareció un ángel y, dando testimonio de sus bue­nas obras, le dijo: «Cornelio, tus oraciones y limosnas han subido hasta el trono de Dios, quien las tendrá presentes» (Hch 10, 4). Las oraciones realizadas con el mérito de las buenas obras no tardan en ser escucha­das por Dios. El arcángel San Rafael atestiguó esto mismo también res­pecto de Tobías, que oraba sin intermisión y practicaba continuamente obras de caridad.

(5. Cipriano, Sobre el Padrenuestro 32).

ARRIBA

 

Da limosna con alegría.

«El que da limosna —dice el apóstol— hágalo con alegría» (Rm 12, 8), y el bien que hagas se duplicará por la buena gracia. Pues lo que se hace con pena y por fuerza no tiene gracia ni belleza. Fiesta hay que celebrar, no lamentarse, cuando se hace el bien. 

(5. Gregorio Nacian­ceno, D. 14 amor pobres 38).

ARRIBA

 

si eres pobre, da de lo poco que tengas.

Dirás que también tú eres pobre. Demos que lo seas. Da. Da de lo que tengas. Dios no te pide nada por encima de tus fuerzas. Da tú un pedazo de pan; otro, un vaso de vino; otro, un vestido, y así, por la colaboración de muchos, se remedia la calamidad de uno solo. Moisés mismo no recibió de un solo contribuyente el coste de la tienda de la alianza (cfr. Ex 25, 1 y sigs.). Uno aporté oro por ser rico en oro; otro, plata; los pobres, pieles, y los más pobres, palos. ¿No ves cómo la monedilla de la viuda sobrepasé las ofrendas de los ricos? Ella se desprendió de todo lo que tenía; mas los ricos sólo un poco dejaron caer (Mc 12, 41 y sigs.). No desprecies, como si nada valieran, a los que yacen tendidos. Considera quiénes son y descubrirás qué tal sea su dignidad: ellos nos representan la persona del Salvador.

(5. Gregorio  Niseno, D. 1 sobre pobres).

ARRIBA

 

 

El Señor no se avergüenza de recibir limosna de los pobres.

Los pobres no saben lo que es el oro ni poseen tantos vestidos. Pero tienen un poco de pan y agua. Tienen un par de óbolos y dos pies para visitar a los enfermos, y lengua y palabra para consolar a un afligido, y casa y techo para convidar a su mesa al peregrino. No les pedimos a los pobres tantos o tantos talentos; éstos se dejan para los ricos. Mas si uno es pobre y va a la puerta de otro pobre, nuestro Señor no se avergüen­za de recibir de su mano un óbolo, y aun dirá haber recibido más que quienes echaron mayores cantidades en el cepillo del templo

(cfr. Mc 12, 41 y sigs.) (5. Juan Crisóstomo, Mt h. 49, 4).

ARRIBA

 

No excusa la pobreza de la limosna.

Ninguno, amadísimos, se considere exento de hacer obras buenas, nadie ponga como excusa la pobreza, como quien apenas se basta para sí y no puede ayudar a otro. Grande es lo que se da de poco y en la balanza de la justicia divina pesan las intenciones. La viuda evangélica eché dos céntimos en el cepillo (Mc 12, 42) y superó los dones de todos los ricos. Ninguna piedad es vil delante de Dios y ninguna misericor­dia infructuosa. Ha dado, ciertamente, a los hombres diversas fortunas, pero no desea distintos efectos. Consideren todos su hacienda y quie­nes más recibieron den más.

(5. León Magno, se. 20, 3).

ARRIBA

 

 

DESTINO UNIVERSAL DE LOS BIENES CREADOS

 

Dios todo lo hizo para todos.

Dios creó el género humano para la comunión o comunicación de unos con otros, como que Él empezó por repartir de lo suyo y a todos los hombres suministró su Logos común y todo lo hizo por todos. Luego todo es común y no pretendan los ricos tener más que los demás. Así, pues. aquello de «tengo y me sobra, ¿por qué no he de gozar?», no es humano ni propio de la comunión de bienes. Más propio de la caridad es decir: «Tengo, ¿por qué no dar parte a los necesitados?» El que así sienta es perfecto, porque ha cumplido el mandamiento de «amar a su prójimo como a sí mismo»

(Clemente de Alejandría, Pedagogo 2,12).

ARRIBA

 

 

Dios quiso que el uso fuera común.

Sé muy bien que Dios nos ha dado la facultad del uso, pero sólo hasta la necesaria, y quiso, por otra parte, que el uso fuera común. Y es absurdo que uno solo viva entre deleites, mientras los más están en la miseria. ¡ Cuánto más glorioso es hacer un beneficio a muchos que morar en lujosa casa! ¡Cuánto más inteligente gastar en favor de los hombres, que no en piedras y objetos de oro! ¡Cuánto más provechoso es poseer amigos adornados o morigerados, que adornos inanimados!

(Clemente de Alejandría, Pedagogo 2, 12).

ARRIBA

 

Todo lo de Dios es para nuestro uso común.

Todo lo que pertenece a Dios es para nuestro uso común, y no es excluido nadie de sus beneficios y dones, pues todo el género humano disfruta igualmente de la bondad y largueza divinas. Del mismo modo el día ilumina para todos, el sol lanza sus rayos, las lluvias riegan, el viento sopla, el sueño es uno para todos los que duermen y el esplen­dor de la luna y las estrellas es común. Cualquier propietario que, según este ejemplo de equidad, parte sus rentas y frutos con sus hermanos, en tanto que se muestre justo y caritativo en estas donaciones gratuitas, es imitador de Dios.

(5. Cipriano, De buenas obras y limosna 25).

ARRIBA

 

 

Dios entregó la tierra a todos los hombres

Dios entregó la tierra a todos los hombres. Dios entregó la tierra en común a todos los hombres con el desig­nio de que gozasen todos de los bienes que produce en abundancia, no para que cada uno, con avaricia furiosa, vindicare para sí todas las cosas, ni para que alguno se viese privado de lo que la tierra producía para todos.

(Lactancio, Instituciones divinas 5, 5).

ARRIBA

 

DINERO

 

El dinero es precioso, si se difunde.

El dinero es vil, pero se hace valioso por la fe; es vil cuando se esconde, precioso cuando se difunde, pues está escrito: «Esparció, dio a los pobres, su justicia permanece eternamente»

(Sal 106, 9) (S. Ambrosio, Sal 37, n. 24).

ARRIBA

 

Amor a Dios y amor al dinero.

No puede amar mucho al dinero quien ama a Dios. Me doy cuenta de nuestra debilidad por eso he dicho no ama al dinero, sino «no ama mucho al dinero». En cierto sentido pueden ser amadas las riquezas, pero no mucho. ¡Oh, si amáramos debidamente a Dios no amaríamos en absoluto el dinero! Entonces sería para ti el dinero un instrumento de peregrinación, no un cebo de la codicia, y de él usarías para tus necesidades y no para deleitarte en él. Ama a Dios si algo ha obrado en ti lo que oyes y alabas. Usa del mundo, no te dejes dominar por él. Prosigue el camino que has comenzado. Has venido para salir de este mundo, no para quedarte en él. Vas de camino. Esta vida es una pesa­da. Usa del dinero como el viajero en el mesón usa de la mesa, el vaso, la olla, la cama. Lo has de abandonar, no lo has de poseer siempre. Si hiciereis así, levantad el corazón y oídme; si hiciereis así, alcanzaréis las promesas de Dios

(5. Agustín, Jn 40, 10).

ARRIBA

 

 

Poder del dinero, rey de la iniquidad.

El dinero impera en las naciones, manda en los reinos, origina las guerras, compra a los guerreros, derrama sangre, ocasioria muertes, traiciona a las patrias, destruye las urbes, somete a los pueblos, asalta las fortalezas, maltrata a los ciudadanos, domina las puertas, corrompe el derecho, confunde lo lícito e ilícito y, luchando hasta la muerte, tienta la fe, viola la verdad, consume la fama, disipa la honestidad disuelve el afecto, roba la inocencia, sepulta la piedad, separa a los parientes, socava la amistad. ¿Y qué más? Todo esto es el dinero, rey de la iniquidad, que domina inicuamente los cuerpos y las mentes humanas 

(s. Pedro Crisólogo, se. 126).

ARRIBA

 

EDUCACIÓN DE LOS HIJOS EN EL USO DE BIENES

 

La virtud es la mayor riqueza

No pongamos todo el empeño en acumular riquezas y dejarlas a nuestros hijos. Enseñémosles la virtud y pidamos para ellos la bendi­ción de Dios. Ésta es la mayor opulencia, ésta la riqueza inefable que no se consume, ésta la que diariamente acrecienta la misma opulencia. Efectivamente, nada hay comparable a la virtud, nada más fuerte que la virtud. No me habléis de la realeza ni del que se cine diadema. Si no posee la virtud, es más miserable que el más pobre harapiento. Porque, ¿de qué le vale la diadema o la púrpura, cuando su propia desidia lo traiciona? ¿Acaso el Señor hace distinción de dignidades exteriores? ¿Acaso se conmueve por el lustre de las personas? Aquí sólo se busca una cosa, aquí sólo la práctica de la virtud abre las puer­tas del valimiento ante Él. El que este valimiento no tuviere, será con­tado entre los deshonrados y desvalidos.

(5. Juan Crisóstomo, Gn h. 66, 4).

ARRIBA

 

Enseña a tu hijo a menospreciar las riquezas.

Sea para nosotros secundario todo al lado del cuidado de los hijos, y señaladamente al lado de «educarlos en la disciplina y corrección del Señor» (Ef 6, 4). Si desde el comienzo aprenden a aspirar a la más alta virtud, habrán adquirido una riqueza superior a toda riqueza y una glo­ria superior a toda gloria. Enseñándoles un arte y disciplina profana por la que puedan adquirir riquezas, no habrás hecho tanto como enseñándoles el arte de despreciarlas. Si quieres hacerlos ricos, hazlo así. Porque no es el rico el que necesita de muchas cosas, ni siquiera el que mucho posee, sino el que no tiene necesidad de nada. Educa en eso, enseña eso a tu hijo; ésa es la máxima riqueza. No busques como le hagas brillar en las ciencias profanas ni cómo sea ilustre; cuídate más bien de cómo le enseñes a menospreciar la gloria de la presente vida. He ahí el modo de que sea más ilustre y glorioso

(5. Juan Crisóstomo, Ef h. 21, 2).

ARRIBA

 

FELICIDAD 

 

Está en ser, no en tener.

Si delante de ti pasan hombres malvados, orgullosos, avaros, «que arrebatan lo de todo el mundo», y alguien dice: «¿No es ése digno de envidia y feliz?», hay que reprender y tapar la boca de quien eso dice.

Pregúntale al que dijo aquello: ¿Por qué es ése feliz? ¿Porque tiene un caballo magnífico y con freno de oro, y posee numerosa servidum­bre, y se viste espléndidamente y revienta diariamente de comer y beber? Mas por eso justamente habría que tenerlo por desgraciado y miserable y digno de mil lágrimas. Lo cierto es que veo que no podáis alabarlo por nada que sea suyo, sino por lo que está fuera de él, por su caballo, por su freno, por el vestido, cosas que nada tienen que ver con él. ¿Y qué desgracia mayor, dime, puede darse que admirar su caballo, y el freno de su caballo, y la belleza de su vestido, y la buena comple­xión de sus criados, y no poderle tributar a él elogio alguno? ¿Qué pobreza mayor que no tener bien alguno propio que pueda llevarse de este mundo, sino tenerse que adornar de galas ajenas? Porque el orna. te y riqueza propia no son nuestros criados y vestidos y caballos, sino la virtud del alma, la riqueza de las buenas obras y la confianza ante Dios.

Por caso semejante, si ves a un pobre, desdeñado y despreciado, que vive en la pobreza, pero también en la virtud, silos que se sientan contigo lo tienen por miserable, alábalo tú, y esta alabanza del pobre que pasa por tu lado habrá sido una exhortación y consejo de vivir virtuosamente. Si ellos dicen: ¡Desgraciado y miserable!, diles tú que éste es antes bien el hombre más feliz, pues tiene a Dios por amigo, vive vir­tuosamente y posee, si tiene la conciencia limpia, una riqueza imperecedera. ¿Qué daño le puede venir de la falta de riquezas, pues ha de heredar el cielo y todos los bienes del cielo? Si así filosofas tú mismo y así instruyes a los demás, alabando y reprendiendo para gloria de Dios, gran galardón recibirás de una y otra parte

(5. Juan Crisóstomo, D. sobre Calendas 3).

ARRIBA

 

 

HIJOS

 

Precisamente por tener hijos, debes dar limosna.

¿Cuál es la defensa, fría y sin provecho, de la gente? Yo —dicen— tengo que criar a mis hijos, gobernar mi casa, dar de comer a mi mujer y atender a mil gastos inevitables. No tengo, por ende, de dónde sacar para hacer limosna a los que me piden. ¿Qué dices? ¿Que tienes que criar a tus hijos y por eso no das limosna a los que te piden? Pues por eso justamente, por tus hijos, debes dar limosna a los necesitados. Es el medio de mirar por ellos, de hacerles, por un puñado de dinero, propi­cios al mismo Dios que lo da, de dejarles por protector a Dios aun des­pués de tu muerte, de atraerles una gran bendición de lo alto por un poco de riqueza que se gasta por Dios

(5. Juan Crisóstomo, Sobre lafr h. 2, 9).

ARRIBA

 

A más hijos, más limosnas.

Dirás que tienes muchos hijos y te retrae su número de insistir en las buenas obras con largueza. Mas por esto mismo que eres padre de muchos hijos debías hacer más intensamente obras de misericordia. Porque son muchos por los que tienes que suplicar al Señor, cuyos deli­tos han de ser redimidos, sus conciencias purificadas, libertadas sus almas. Como en esta vida del siglo cuanto mayor es el número de hijos tanto más es el gasto que hay que emplear para su alimento y sustento, así, en la vida espiritual y celestial, si muchos son los hijos, mucho debe ser lo que se destine en buenas obras.

Así obraba Job cuando ofrecía numerosos sacrificios por sus hijos, pues en proporción a los que de él dependían, era lo que daba a Dios y el número de las víctimas. Y como no hay día que se pase sin que pequemos en la presencia de Dios, no dejaba de ofrecer sacrificios todos los días por ellos para limpiarlos de sus pecados. Esto consta en la Escritura, que nos dice: «Job, hombre veraz y justo, tuvo siete hijos y tres hijas y los purificaba ofreciendo por ellos víctimas a Dios según su número y por sus pecados un novillo» (ib 1, 2-5). Por consiguiente, si amas de verdad a tus hijos, si tienes para ellos entrañas y caridad de padre, debes hacer el mayor número de obras buenas que puedas Para que por tus acciones justas los hagas gratos a Dios.

(5. Cipriano, ibí­dem).

ARRIBA

 

JUICIO FINAL

 

En el juicio final, los testigos serán nuestras obras.

Adondequiera que vuelvas los ojos, verás imágenes claras de tus maldades. De un lado, las lágrimas de los huérfanos; de otro, los gemidos de las viudas; de otro, los pobres sobre quien descargaste tus puñe­tazos, los esclavos cuyas carnes desganaste, los vecinos a quienes exasperaste; todos se levantarán contra ti, todo un coro malo de sus lamentaciones te ceñirá como una muralla. Y es así: como la sombra al cuerpo, así siguen a las almas sus pecados, como expresión viva de sus acciones. Por eso no hay allí negación posible; allí se tapa la boca más impudente. Las obras mismas de cada uno dan allí testimonio, no emi­tiendo voces, sino apareciendo tales como nosotros las hicimos. ¿Cómo podré ponerte ante los ojos aquel espanto? Si, pues, me escuchas y te mueves, acuérdate de aquel día en que «se revelará la ira de Dios desde el cielo» (Rm 1, 18). Acuérdate del advenimiento glorioso de Cristo, cuando resucitarán todos: «los que hubieren obrado el bien, para resu­rrección de vida; los que mal, para resurrección de juicio»

(Jn 5, 29) (5. Basilio, H. contra el rico 6).

ARRIBA

 

LUJOS

 

Lujo en las casas y Cristo desnudo en el pobre.

Pues no tratemos tampoco nosotros de adornar nuestras casas, sino, antes que la casa, nuestra alma. ¿No es vergonzoso recubrir sin razón ni motivo las paredes de mármoles y dejar que Cristo ande por las calles desnudo? ¿Qué te aprovecha, hombre, tu casa? ¿Es que te la vas a llevar de este mundo? No, no te llevarás la casa al salir de este mundo; lo que te llevarás sin remedio es tu alma. He aquí que ahora mismo se cierne sobre nosotros tamaño peligro. Socórrannos nuestras casas, sáquennos del peligro que nos amenaza. No podrán. Y de ello sois testigos vosotros mismos, que las abandonáis y dejáis vacías y huís al desierto, como quien teme lazos y redes. Ayúdennos ahora las rique­zas; pero no es éste el momento. Ahora bien, si tratándose de la ira de un hombre, se demuestra lo poco que vale el dinero, mucha más suce­derá así ante el tribunal divino e incorruptible. Si cuando es un hombre ofendido e irritado para nada nos aprovecha ahora el oro, mucho menor absolutamente será su poder cuando sea Dios el que se nos irrita que no necesita para nada del oro. Edificamos casas para vivir, no para osten­tación

(S. Juan Crisóstomo, Al pueblo de Antioquía, h. 2, 5).

ARRIBA

 

Que las cristianas rechacen el lujo.

No admitáis en vosotras, hermanas carísimas, estos vestidos y orna­tos ostentosos, como rechazaríais a hombres infames que tienen por oficio traficar con la pureza de las vírgenes. Si por vuestras riquezas, vuestro nacimiento o vuestras dignidades os veis obligadas a hacer alguna ostentación, mostrad una magnificencia tan moderada que se avenga con la sabiduría cristiana. So pretexto de necesidad no os per­mitáis traspasar los límites de la religión. Pues ¿de qué modo podréis cumplir la humildad que profesamos los cristianos si no moderáis vues­tra elegancia y el uso de vuestras riquezas en cosas que sólo sirven de vanagloria? La vanagloria exalta, no humilla. Me preguntaréis: «Luego ¿no nos es lícito usar nuestros bienes?» Pero ¿quién prohibe usar de ellos? Sin embargo, el Apóstol nos aconseja usar de este mundo como si no usáramos de él. «Pues la apariencia de este mundo -dice— pasa. Quienes adquieren posesiones —continúa— obren como si nada poseye­sen». ¿Por qué así? Por lo que había anunciado antes al decir: «El tiem­po es corto» (lCo 7, 29-31). Por consiguiente, si el Apóstol exhorta también a que se tengan las mismas mujeres como si no se tuvieran, dada la brevedad del tiempo, ¿con cuánta mayor razón diremos esto si trata de estos ornatos vanos?

(Tertuliano, Sobre el ornato de las mujeres 2, 10).

ARRIBA

 

 NECESARIO Y SUPERFLUO

 

No busques más allá de lo suficiente.

Como quien habita en tierra extraña, no busques para ti nada fuera de una suficiencia pasajera, y está apercibido para el caso en que el señor de esta ciudad quiera expulsarte de ella por oponerte a sus leyes. Saliendo entonces de la ciudad suya, marcharás a la tuya propia, y allí seguirás tu ley, sin injuria de nadie, con todo regocijo

(Pastor de Hennas, comp. 1, 6).

ARRIBA

 

Daremos cuenta de lo que sobrepase lo necesario.

No sé qué pasa que todos, cada uno según sus fuerzas, estamos ata­cados de la enfermedad de la avaricia y hacemos punto de honor no contenemos dentro de los límites de lo necesario. Todos contravenimos en todo nuestro obrar la exhortación apostólica de que, «teniendo qué comer y con qué vestir, nos contentemos con eso». Parece como si no supiéramos que habremos de dar cuenta de todo lo que pasare de lo necesario, como quienes hemos abusado de los bienes que Dios nos ha dado. Y así, Él nos ha procurado todo eso, no para que gocemos Sola­mente nosotros de ello, sino también para remediar la necesidad de nuestros semejantes

(5. Juan Crisóstomo, ibídem 5).

ARRIBA

 

No traspases los límites de lo, necesario.

Yo os exhorto a huir en todo de la avaricia y a no traspasar nunca los límites de lo necesario. Pues la verdadera riqueza y la opulencia indestructible está en buscar lo necesario y distribuir debidamente lo que pasa de la necesidad. El que así obra no tiene por qué temer jamás la pobreza, ni sufrirá persecución, ni sabrá lo que es turbación. Estará fuera del alcance de la calumnia, se verá libre de toda asechanza y, para decirlo en una palabra, estará en bonanza y gozará de tranquilidad y ocio.

Y, lo que vale más que todo y es cifra y compendio de todos los bie­nes, tendrá a Dios propicio y, como mayordomo fiel de los bienes del Señor, gozará de grande ayuda del cielo. Porque «bienaventurado —dice el Evangelio.. aquel siervo que, a la venida de su amo, lo halle éste obrando así» (Lc 12, 43). Que así reparta sus bienes a sus compañeros y no los cierre tras puertas y cerrojos para que sean pasto de gusanos. El buen criado socorrerá más bien la necesidad de los pobres, y, mos­trándose fiel mayordomo de lo que el Señor le confiera, recibirá gran­de galardón por buena distribución y se hará digno de alcanzar los bie­nes prometidos por la gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo... Amén

(5. Juan Crisóstomo, ibídem 5).

ARRIBA

 

PERDÓN DE LOS PECADOS Y LIMOSNA

 

Siete modos de perdón de los pecados; el tercero, la limosna.

Oísteis cuántos eran en la ley los sacrificios por los pecados, escu­chad ahora cuántos son los modos de remisión de los pecados en el Evangelio. El primer modo de remisión es por el bautismo. El segun­do, por el sufrimiento del martirio. El tercero, el que se concede por la limosna, pues dice el Salvador: «Sin embargo, vosotros dad limosna, y he aquí que todas las cosas son limpias para vosotros». El cuarto modo de remisión de los pecados tiene lugar cuando nosotros también perdo­namos los pecados a nuestros hermanos. Y así Nuestro Señor y Salva­dor dice que «si perdonáis a vuestros hermanos de corazón sus peca­dos, también a vosotros os perdonará vuestro Padre los vuestros; y si no perdonareis de corazón a vuestros hermanos, tampoco os perdonará vuestro Padre», y por eso en el Padrenuestro se nos enseñó a decir: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden».

El quinto modo de perdón de los pecados es cuando alguien con­virtiere al pecador del error de su vida. Así dice la Escritura divina que «quien convierte al pecador de su mala vida, salva su alma de la muer­te y cubre la muchedumbre de sus pecados» (St 5, 20). El sexto modo de remisión se realiza por la abundancia de la caridad, como también dice el mismo Señor: «En verdad os digo que se le perdonan muchos pecados porque ha amado mucho» (Lc 12, 17), y el apóstol San Pedro dice: «Que la caridad cubre multitud de pecados» (lP 4, 8). Existe todavía el séptimo modo de remisión de los pecados, aunque duro y laborioso, por medio de penitencia, cuando el pecador riega con lágri­mas su cama y le sirven de alimento día y noche y cuando no se avergüenza de someter al juicio del sacerdote del Señor su pecado y buscar medicina, según lo que está escrito: «Dije: Confesaré al Señor mi peca­do y tú perdonaste la impiedad de mi corazón»

(Sal 31, 5) (Orígenes, en Lv 2, 4).

ARRIBA

 

Purifiquémonos por la limosna.

Limpiémonos por el ejercicio de la limosna o misericordia, purifiquemos las inmundicias y suciedades de nuestra alma con esa hermosa yerba y blanqueémonos unos como lana y otros como nieve, según la proporción de nuestra misericordia. Y todavía voy a decir algo más de temer: Aun cuando tú no tengas fractura alguna, ni cardenal ni golpe que se te hinche, ni lepra alguna del alma, ni tacto que signifique lepra, o albor (Lv 13, 2), todo lo cual escasamente lo purificaba la ley, pero necesita de Cristo que lo cure; tú, no obstante, venera al que por nosotros quiso ser herido y maltratado, y lo venerarás si te muestras bueno y humano para con el miembro de Cristo

(5. Gregorio Nacianceno, D. 14 sobre amor pobres 37).

ARRIBA

 

Qué debemos hacer los pecadores.

Las mismas palabras de Dios nos muestran los remedios para hacér­nosle propicio; el magisterio divino enseña lo que deben hacer los peca­dores: satisfacer a Dios con obras de justicia y purgar sus pecados con los méritos de la misericordia. Leemos en Salomón: «Deposita la limosna en el corazón del pobre, y ella orará por ti en todo mal». Y una vez más: «Quien cierra los oídos y no escucha al desgraciado, él mismo invocará a Dios y no habrá quien le oiga» (Pr 21, 13). No se promete la miseri­cordia de Dios a quien no fuese él mismo misericordioso, tú alcanzará algo de la piedad divina quien no fuere humano en las peticiones del pobre. Esto también lo declara el Espíritu Santo en los Salmos, diciendo: « Bienaventurado quien entiende en el necesitado y el pobre; le librara el Señor en el día malo»

(Sal 40, 2) (5. Cipriano, ibídem 5).

ARRIBA

 

Las limosnas no redimen los pecados si se persiste en ellos.

Ningún pecado puede ser redimido con las limosnas, si se persiste en ellos. Se concede la indulgencia como fruto de las limosnas, cuan­do se desiste de las obras perversas. Es verdad que las obras de miseri­cordia purgan todos los pecados, pero si ya se guarda de pecar quien imparte la misericordia. Por lo demás, no hay perdón de los pecados cuando se realiza la misericordia para después cometerlos

(S. Isidoro, Sentencias 3, 60, 6).

ARRIBA

POSESIÓN DE BIENES

 

Poseer para compartir.

Poseer, por una parte, lo suficiente y no angustiarse por tener que buscarlo, y por otra, socorrer a los que convenga. Porque, de no tener nadie nada, ¿qué comunión de bienes pudiera darse entre los hombres? ¿Cómo no ver que esta doctrina de abandonarlo todo pugnaría y con­tradeciría patentemente a otras muchas y muy hermosas enseñanzas del Salvador? «Haceos amigos con el dinero injusto para que, cuando os falte, os reciban en las moradas eternas» (Lc 16, 9). «Tened vuestros tesoros en los cielos, donde el orín y la polilla no destruyen ni los ladro­nes horadan las paredes» (Mt 6, 19). ¿Cómo dar de comer al ham­briento, de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al desamparado, cosas por las que, de no hacerse, amenaza el Señor con el fuego eterno y las tinieblas de fuera, si cada uno empezara por carecer de todo eso?

(Clemente de Alejandría, Sobre salvación ricos 13).

ARRIBA

 

La posesión no es verdadero dominio: es sólo uso.

Eso (los bienes terrenos) no es verdadera posesión y dominio; es sólo un uso. ¿Cómo hablar de dominio cuando, una vez que tú expires, quieras que no quieras, otros se apoderarán de todos tus bienes, y ellos a su vez se los darán a otros, y éstos a otros? Todos somos peregrinos, y dueño de la casa acaso lo es más el inquilino, pues a menudo, muer­to el verdadero dueño, el otro sobrevive y goza por más tiempo de la casa. Y si es cierto que la goza pagando, también el dueño hubo de pagar al construirla y pasó mil calamidades hasta verla acabada. La propiedad o señorío no es más que un nombre, en realidad somos todos dueños de bienes ajenos.

(S. Juan Crisóstomo, lTm h. JI, 2).

ARRIBA

 

Sólo son nuestras las obras buenas.

Sólo es nuestro lo que enviemos por delante al cielo; las cosas de la tierra no son nuestras, sino de los que viven; o, por mejor decir, aun en vida nos abandonan. Nuestras son solamente las obras buenas del alma, la misericordia y el amor a nuestro prójimo. Ésos, aun los gentiles los llaman bienes de fuera, pues están fuera de nosotros. Hagamos, pues, los que están dentro. No es posible al salir de este mundo llevar con nosotros riqueza alguna; pero es posible llevarse, al salir, la limosna. Y, mejor aún, mandémosla por delante, a fin de que nos prepare una tien­da en las moradas eternas. 

(5. Juan Crisóstomo, ibídem).

ARRIBA

 

PROPIEDAD

 

Propiedad y salvación.

Si es cierto que manda el Señor vender lo que tenemos, ¿por qué razón hay que hacer eso: porque los bienes sean naturalmente dañosos o por la distracción que de ellos viene al alma?

A eso puede primeramente responderse que, silos bienes particula­res fueran de suyo malos, en modo alguno hubieran sido creados por Dios. Ahora bien, «toda criatura de Dios es buena y ninguna debe ser rechazada» (1 Tm 4, 4). Y en segundo lugar, el mandato de Dios no nos enseña que hayamos de rechazar y huir de los bienes como si fueran males, sino que los administremos. Y el que se condena, no se conde­na absolutamente porque tuviera, sino porque sintió torcidamente de lo que tenía o no usó bien de ello. Y es así que una disposición sin pasio­nes y sana respecto a los bienes terrenos y una sana administración de ellos conforme al mandato del Señor es ayuda grande para muchas cosas necesarias. Primeramente, para purificarnos de nuestros pecados, por lo que está escrito: “Sin embargo, dad lo que tengáis de limosna, y de ahí que todo es limpio para vosotros” (Lc. 11,41). Y en segundo lugar, para ganar el reino de los cielos y poseer un tesoro inagotable, según lo que en otro lugar se dice: “No temas, rebañito mío, pues plugo a vuestro Padre daros un reino. Vended lo que poseéis y dad limosna. Haceos sacos que no envejecen, un tesoro indeficiente en los cielos”.

(Lc. 12,32-33) (S. Basilio, Reglas breves 92).

ARRIBA 

 No somos dueños sino administradores.

La razón nos ha demostrado que no somos dueños de nosotros mis­mos, sino mayordomos o administradores. En efecto, todo lo que está bajo leyes y preceptos, esclavo es del que manda y a él está sometido. Ahora bien, si las partes de nuestro cuerpo no están exentas de una auto­ridad, sino que han de someterse en sus operaciones a las reglas del Señor, ¿qué decir de quienes piensan poseer el oro y la plata, la tierra y demás bienes sin sujeción a ley de ninguna especie? Nada es tuyo, oh hombre. Tú eres un esclavo, y todo lo tuyo es del Señor. Ahora bien, el esclavo no tiene peculio libre. Desnudo fuiste traído a la luz que nos alumbra; lo que tienes lo has recibido según ley de tu Señor o por heren­cia paterna, puesto que Dios lo ha ordenado así («casa y fortuna se here­dan de los padres», dice la Escritura: Pr 19, 14), o te viene la opulencia por matrimonio (y el matrimonio y lo que a él atañe por Dios ha sido orde­nado), o por el comercio, por la agricultura o por otras frentes de rique­zas, que no lo fueran sin la ayuda de Dios.

(5. Asterio Amaseno, ibídem).

ARRIBA

 

RICOS

 

Comparación de un rico ambicioso y otro desprendido.

Pongamos un ejemplo de la cosa que parece más apetecible de la vida: la riqueza. Y pongamos frente a ella la virtud del alma que tú quieras, y verás entonces cuán poco vale a su lado la riqueza. Supongamos, pues, dos hombres, y no hablo ahora de avaricia, sino de riqueza justa. De estos dos hombres, el uno acumule dinero, pase el mar, cultive la tierra, encuentre, en fin, muchos otros modos de enri­quecerse. No sé si de todos estos tratos y andanzas podrá salir sin menoscabo de la justicia; mas sea así, y supongamos que todas sus ganancias son justas. Compre campos y esclavos y cosas semejantes, y no cometa en todo ello injusticia alguna. El otro supongámosle tan rico como el primero: venda sus campos, venda sus casas y sus vasos de oro y plata y distribuya su precio a los necesitados, socorra a los pobres, cure a los enfermos, ayude a los que están en necesidad, dé libertad a los encarcelados, libre a los condenados a las minas, rompa la cuerda de los que van a ahorcarse, libre a los cautivos de su castigo.

Ahora bien, ¿de qué parte querríais estar? ¿Del que amontona oro o del que socorre desgracias? ¿Del que compra fincas y más fincas o del que se convierte en puerto de refugio de los hombres? ¿Del que va forrado de oro o del que lleva por corona las bendiciones de todo el mundo? ¿No es así que uno de estos hombres se parece a un ángel baja­do del cielo para socorro de los otros hombres, y el otro no a un hom­bre, sino a un chiquillo que amontona sin ton ni son todo lo que encuen­tra a mano? Ahora bien, si el hacer dinero justamente es cosa tan ridí­cula y de insensatez suma, cuando a ello se añade la injusticia, ¿qué miseria podrá compararse con ésa? Mas si a lo ridículo se añade el infierno y la pérdida del reino de los cielos, ¿qué lágrimas serán bas­tantes para llorar la muerte de ese hombre tanto en vida como después de su muerte?

(5. Juan Crisóstomo, Mt h. 23, 9).

ARRIBA

 

Los ricos serán útiles para Dios, si se recorta su riqueza.

—Señora, ¿cuándo serán (los ricos) útiles para la construcción?

—Cuando —me dijo— se recorte de ellos la riqueza, que ahora los arrastra, entonces serán útiles para Dios. Porque al modo que la piedra redonda, si no se la labra y recorta algo de ella, no puede volverse cua­drada, así los que gozan de riquezas en este siglo, si no se les recorta la riqueza, no pueden volverse útiles a Dios. Por ti mismo, ante todo, pue­des darte cuenta; cuando eras rico, eras inútil; ahora, en cambio, eres útil y provechoso para la vida. Haceos útiles para Dios, pues tú mismo eres empleado como una de estas piedras

(Pastor de Hermas, V 3, 6, 6-7).

ARRIBA

 

Qué han de hacer los ricos.

¿Qué haremos, pues?, me decís. Una sola cosa habéis de hacer: aborrecer la riqueza, aborrecer el dinero y amar más vuestra propia vida. Desprendeos de lo que tenéis, no digo de todo, pero sí de lo superfluo. No codiciéis los bienes ajenos, no despojéis a la viuda, no robéis  al  huérfano, no os apoderéis de sus casas; no digo de sus personas sino de sus bienes

(5. Juan Cristóstomo Sobre Eutropio h. 2, 6).

ARRIBA

 

 

SALVACIÓN DE LOS RICOS

 

¿Cómo es posible la salvación de los ricos?

¿Cómo puede ser esto (la salvación de los ricos) posible? Desprendiéndose de lo que se tiene, renunciando al dinero, apartándo­se de toda codicia mala. No todo en esta obra ha de atribuirse a Dios si el Señor habló así, fue para hacemos ver la grandeza de la hazaña a que nos invita. Escuchad en prueba de ello lo que sigue. Como Pedro le hubiera dicho muy resueltamente: «Mira que nosotros lo hemos deja­do todo y te hemos seguido, y le preguntara: “¿Qué habrá, pues, para nosotros?”, el Señor, después de señalarles su paga, prosiguió: “Y todo el que dejare casas o campos, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, recibirá ciento por uno en este tiempo y heredará la vida eter­na”». De este modo lo imposible se hace posible. «Pero ¿cómo —me dirás— puede realizarse el abandono mismo de la riqueza? ¿Cómo es posible que quien una vez se ha visto envuelto en esa codicia lo sopor­te?» Empezando por desprenderse de lo que tiene, y en esto, empezan­do a su vez por cortar lo superfluo.

(5. Juan Crisóstomo Mt h. 63, 3).

ARRIBA

 

No negar a los ricos la salvación, si son generosos.

Sin embargo, el maestro bueno distinguió los mandamientos de la ley de aquella perfección más excelente. Sobre los primeros dijo: «Si quieres venir a la vida, guarda los mandamientos». Pero sobre la segun­da: «Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes», etc. ¿Por qué, pues, hemos de negar a los ricos, aunque estén lejos de esta per­fección, que puedan alcanzar la vida si guardan los mandamientos, y dan para que se les dé y perdonan para que se les perdone? (...) Escuchen, pues, los ricos estas palabras: «Lo que es imposible para los hombres, para Dios es fácil». Y ya se queden con sus riquezas y hagan buenas obras con ellas, ya las vendan y repartan entre los pobres nece­sitados para entrar en él.

(5. Agustín, ep. 157, 2Sy 29).

ARRIBA

 

 
SOLIDARIDAD

 

837. El que toma la carga del prójimo es imitador de Dios.

No te maravilles de que el hombre pueda venir a ser imitador de Dios. Queriéndolo Dios, el hombre puede. Porque no está la felicidad en dominar tiránicamente sobre nuestro prójimo, ni en querer estar por encima de los más débiles, ni en enriquecerse y violentar a los necesi­tados. No es ahí donde puede nadie imitar a Dios, sino que todo eso es ajeno a su magnificencia. El que toma sobre sí la carga de su prójimo, el que está pronto a hacer bien a su inferior en aquello justamente en que él es superior, el que, suministrando a los necesitados lo mismo que él recibió de Dios, se convierte en Dios de los que reciben de su mano, ése es el verdadero imitador de Dios.

(Carta a Diogneto 10, 4-6).

ARRIBA

 

854. La ley de la naturaleza es que nos socorramos mutuamente.

¡Cuán grave es que arrebatemos algo al que debemos compadecer y que a quien debemos ayudar le engañemos y dañemos! La ley de la naturaleza que obliga a toda la humanidad es que nos socorramos mutuamente como partes de un mismo cuerpo. No podemos pensar que sea lícito quitar algo a los demás, puesto que es contra la ley de la natu­raleza no ayudar. De tal manera nacemos que nuestros miembros están en armonía y unidos entre sí y se sirven unos a otros. Si falta el oficio de un miembro, los demás sufren esta falta, de modo que si la mano hace saltar un ojo, ¿acaso no perjudica su propio cometido? Y si hiere el pie, ¿de cuántas obras se priva a sí misma? Pero ¡cuánto más grave es perjudicar a un hombre completo que a un miembro! Si al dañar a un miembro se daña a todo el cuerpo, al hacer mal a un hombre se hace mal a toda la comunidad humana, se lesiona a la naturaleza del género humano y a la congregación de la Iglesia santa, que surge como un cuerpo unido y bien trabado en unidad de fe y de caridad. Cristo Nuestro Señor, que murió para todos los hombres, se dolerá también del precio derramado de su sangre

(5. Ambrosio, De Officiis 3, 3, 19).

ARRIBA

 

 

USO DE LOS BIENES

 

Uso bueno y malo de los bienes terrenos.

El rico no es simplemente digno de envidia por su riqueza, ni el poderoso por lo alto de su dignidad, ni el fuerte por la robustez de su cuerpo, ni el sabio por abundancia dé palabra. Todo eso son instrumentos de la virtud para los que saben usar de ello, pero no tienen en sí mismos la bienaventuranza. Y el que usa mal de ello, es un desgraciado, como el que se traspasa a sí mismo con la espada que tomó para vengarse de los enemigos. Mas si uno trata bien y conforme a razón las cosas presentes, y es buen dispensador de los bienes que Dios le ha confiado, y no lo amontona solamente para su provecho y placeres, ése es digno de alabanza y amor por la caridad que muestra para con sus hermanos, por su liberalidad y condición benéfica.

(S. Basilio, H. sobre la envidia 5).

ARRIBA

 

Dios da las riquezas para usarlas rectamente.

Faltas, y contra el mismo Dios, si crees que te han sido dadas por Él las riquezas para no utilizarlas rectamente. Porque Dios concedió la voz a los hombres y, sin embargo, no por ello deben cantarse canciones amatorias ni torpes; y Dios quiso que el hierro fuese para el cultivo de la tierra, sin que por eso hayan de cometerse homicidios: porque Dios creó el incienso, el vino puro y el fuego se ha de sacrificar por esa razón a los ídolos, o porque abunden los rebaños en tus campos debes inmolar víctimas y hostias a los dioses. A no ser que se aplique la rique­za a usos buenos, el patrimonio grande es tentación, de modo que con su hacienda los afortunados más deben redimir que aumentar sus deli­tos.

(5. Cipriano de Cartago, Sobre vestido vírgenes 11).

ARRIBA

 

Uso bueno y malo de los bienes temporales.

De las cosas unos usan bien y otros mal. Los que usan mal apegan y atan su corazón a ellas; es decir, se hacen esclavos de las cosas que debieran estar sometidas a ellos y colocan en ellas su bien, cuando debían ser ellos el bien de ellas, a través de su recta ordenación y buen uso. Por el contrario, los que usan de ellas rectamente muestran que son bienes, pero no para sí, pues no les hacen buenos o mejores, sino que ellos más exactamente hacen que las cosas sean buenas. 

(5. Agustín, Del libre albedrío, 1. 1, c. 15, 33).

ARRIBA

 

 

 

2- CITAS BÍBLICAS: DIEZMOOFRENDA

 

 

QUÉ DICE LA BIBLIA SOBRE EL DIEZMO

 

Génesis 14,18-20

 

«Entonces Melquisedec, rey de Salem, presentó pan y vino, pues era sacerdote del Dios Altísimo, y le bendijo diciendo: "¡Bendito sea Abram del Dios Altísimo, creador de cielos y tierra, y bendito sea el Dios Altísimo, que entregó a tus enemigos en tus manos!". Y diole Abram el diezmo de todo».

ARRIBA

 

Deuteronomío 14,22-26

 

«Cada año deberás apartar el diezmo de todo lo que tus sementeras hayan producido en tus campos, y, en presencia de Yahveh tu Dios, en el lugar que él haya elegido para morada de su nombre, comerás el diezmo de tu trigo, de tu mosto y de tu aceite, así como los primogénitos de tu ganado mayor y menor- a fin de que aprendas a temer siempre a Yahveh tu Dios. Si el camino es demasiado largo para ti, si no puedes transportarlo porque el lugar elegido por Yahveh para morada de su nombre te cae demasiado lejos, cuando Yahveh tu Dios te haya bendecido, lo cambiarás por dinero, llevarás el dinero en tu mano e irás al lugar elegido por Yahveh tu Dios allí emplearás este dinero en todo lo que desees, ganado mayor o menor, vino o bebida fermentada, todo lo que tu alma apetezca. Comerás allí en presencia de Yahvel tu Dios y te regocijarás, tú y tu casa».

ARRIBA

 

Deuteronomio 14,27-29

 

«Y no abandonarás al levita que vive en tus ciudades, ya que él no tiene parte ni heredad contigo. Cada tres años apartarás todos los diezmos de tus cosechas de ese año y los depositarás a tus puertas. Vendrán así el levita -ya que él no tiene parte ni heredad contigo- el forastero, el huérfano y la viuda que viven en tus ciudades, y comerán hasta hartarse. Y Yahveh tu Dios te bendecirá en todas las obras que emprendas.

ARRIBA

 

Deuteronomio 12,11,13-14

 «Llevaréis al lugar elegido por Yahveh vuestro Dios para morada de su nombre todo lo que yo os prescribo: vuestros holocaustos y vuestros sacrificios, vuestros diezmos y las ofrendas reservadas de vuestras manos, lo más selecto de vuestras ofrendas que hayáis prometido con voto a Yahveh... Guárdate de ofrecer tus holocaustos en cualquier lugar sagrado que veas; sólo en el lugar elegido por Yahveh en una de tus tribus podrás ofrecer tus holocaustos y sólo allí pondrás en práctica todo lo que yo te mando. Tengan cuidado de no ofrecer holocausto en cualquier lugar; sólo en el lugar elegido por Yahveh en una de las tribus podrás ofrecer tus holocaustos y sólo allí harás todo lo que ordeno».

ARRIBA

 

Hebreos 7,5

«Es cierto que los hijos de Leví que reciben el sacerdocio tienen orden según la Ley de percibir el diezmo del pueblo, es decir, de sus hermanos, aunque también proceden éstos de la estirpe de Abraham».

ARRIBA

 

Deuteronomío 26,12-13

 «El tercer año, el año del diezmo, cuando hayas acabado de apartar el diezmo de toda tu cosecha y se lo hayas dado al levita, al forastero, a la viuda y al huérfano, para que coman de ello en tus ciudades hasta saciarse, dirás en presencia de Yahveh tu Dios: "He retirado de mi casa lo que era sagrado- se lo he dado al levita, al forastero, al huérfano y a la viuda, según todos los mandamientos que me has dado sin traspasar ninguno de tus mandamientos ni olvidarlos.

 

Números 18,26-28

 

«Hablarás a los levitas y les dirás: Cuando percibáis de los israelitas el diezmo que yo tomo de ellos y os doy en herencia, reservaréis de él la reserva de Yahveh: el diezmo del diezmo. Equivaldrá a vuestra ofrenda reservada, lo mismo que el trigo tomado de la era y el mosto del lagar. Así también vosotros reservaréis previamente la reserva de Yahveh de todos los diezmos que percibáis de los israelitas. Se lo daréis como ofrenda reservada de Yahveh al sacerdote Aarón».

ARRIBA

 

1 Corintios 9,4-14

 «¿Por ventura no tenemos derecho a comer y beber ¿No tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer cristiana, como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas. ¿Acaso únicamente Bernabé y yo estamos privados del derecho de no trabajar? ¿Quién ha militado alguna vez a costa propia? ¿Quién planta una viña y no come de sus frutos? ¿Quién pacienta un rebaño y no se alimenta de la leche del rebaño ¿Hablo acaso al modo humano o no lo dice también la Ley? Porque está escrito en la Ley de Moisés:  No pondrás bozal al buey que trilla'. ¿Es que se preocupa Dios de los bueyes? 0 bien, ¿no lo dice expresamente por nosotros. Por nosotros ciertamente se escribió, pues el que ara, en esperanza debe arar; y el que trilla, con la esperanza de recibir su parte. Si en vosotros hemos sembrado bienes espirituales, ¡qué mucho que recojamos de vosotros bienes materiales! Si otros tienen estos derechos sobre vosotros, ¿no los tenemos más nosotros? Sin embargo, nunca hemos hecho uso de estos derechos. Al contrario, todo lo soportamos para no crear obstáculo alguno al Evangelio de Cristo. ¿No sabéis que los rri1nistros del templo viven del templo? ¿Que los que sirven al altar, del altar participan? Del mismo modo, también el Señor ha ordenado que los que predican el Evangelio vivan del Evangelio».

ARRIBA

 

Mateo 22,15-21

 «Entonces los fariseos se fueron y celebraron consejo sobre la forma de sorprenderle en alguna palabra. Y le envían sus discípulos, junto con los herodianos, a decirle: "Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas. Dinos, pues, qué te parece, ¿es lícito pagar tributo al César o no?'. Mas Jesús, conociendo su malicia, dijo: "Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Mostradme la moneda del tributo", Ellos le presentaron un denario. Y les dice: "¿De quién es esta imagen y la inscripción?". Dícenle: "Del César". Entonces les dice: "Pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios"».

ARRIBA

 

Génesis 28,20-22

 «Jacob hizo un voto, diciendo: "Si Dios me asiste y me guarda en este camino que recorro, y me da pan que comer y ropa con que vestirme, y vuelvo sano y salvo a casa de mi padre, entonces Yahveh será mi Dios- y esta piedra que he erigido como estela será Casa de Dios; y de todo lo que me dieres, te pagaré el diezmo"».

ARRIBA

 

Levítico 27,30.32

 «El diezmo entero de la tierra, tanto de las semillas de la tierra como de los frutos de los árboles, es de Yahveh- es cosa sagrada de Yahveh. Todo diezmo de ganado mayor o menor, es decir, cada décima cabeza que pasa bajo el cayado, será cosa sagrada de Yahveh».

ARRIBA

 

Malaquías 3, 8-9

 «¿Puede un hombre defraudar a Dios? ¡Pues vosotros me defraudáis a mí! -Y aún decís: ¿En qué te hemos defraudado?-. En el diezmo y en la ofrenda reservada. De maldición estáis malditos, porque me defraudáis a mí vosotros, la nación entera».

ARRIBA

 

Malaquías 3,10-11

 «Llevad el diezmo íntegro a la casa del tesoro, para que haya alimento en mi Casa; y ponedme así a prueba, dice Yahveh Sebaot, a ver si no os abro las esclusas del cielo y no vacío sobre vosotros la bendición hasta que ya no quede, y no ahuyento de vosotros al devorador, para que no os destruya el fruto del suelo y no se os quede estéril la viña en el campo, dice Yahveh Sebaot».

ARRIBA

 

Tobías 1,6-8

 «Muchas veces era yo el único que iba a Jerusalén, con ocasión de las fiestas, tal como está prescrito para todo Israel por decreto perpetuo,- en cobrando las primicias y las crías primeras y diezmos de mis bienes y el primer esquileo de mis ovejas, acudía presuroso a Jerusalén y se lo entregaba a los sacerdotes, hijos de Aarón, para el altar. Daba a los levitas, que hacían el servicio en Jerusalén, el diezmo del vino, del grano, del olivo, de los granados, de los higos y demás frutales- tomaba en metálico el segundo diezmo, de los seis años, y lo gastaba en Jerusalén. Entregaba el tercer diezmo a los huérfanos, a las viudas y a los prosélitos que vivían con los israelitas- se lo llevaba y entregaba cada tres años, celebrando una comida con ellos conforme a lo que se prescribe en la Ley de Moisés y conforme a los preceptos que me dio Débora, madre de nuestro padre Ananiel, pues mi padre había muerto dejándome huérfano».

ARRIBA

 

Mateo 23,23

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del aneto y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello».

ARRIBA

 

Lucas 11,42

 

«Pero, ¡ay de vosotros, los fariseos, que pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejáis a un lado la justicia y el amor a Dios! Esto es lo que había que practicar aunque sin omitir aquello».

ARRIBA

 

 

QUÉ DICE LA BIBLIA SOBRE LA OFRENDA

 

Lucas 21,1-4

 «Alzando la mirada, vio a unos ricos que echaban sus donativos en el arca del Tesoro; vio también a una viuda pobre que echaba allí dos moneditas, y dijo: "De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos. Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobraba, ésta en cambio ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto tenía para vivir'».

ARRIBA

 

Hechos 2,44-45

 «Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común? vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno».

ARRIBA

 

Lucas 19,8

 «Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: "Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo” »

ARRIBA

 

Ageo 1,9

 «Esperabais mucho, y bien poco es lo que hay. Y lo que metisteis en casa lo aventé yo. ¿Por qué? -oráculo de Yahveh Sebaot-. Porque mi Casa está en ruinas, mientras que vosotros vais aprisa cada uno a vuestra casa».

ARRIBA

 

1 Reyes 17,16

 «No se acabó la harina en la tinaja ni se agotó el aceite en la orza, según la palabra que Yahveh había dicho por boca de Elías».

ARRIBA

 

2 Corintios 9,12-13

 «Porque el servicio de esta ofrenda no sólo provee a las necesidades de los santos, sino que redunda también en abundantes acciones de gracias a Dios. Experimentando este servicio, glorifican a Dios por vuestra obediencia en la profesión del Evangelio de Cristo y por la generosidad de vuestra comunión con ellos y con todos».

ARRIBA

 

Hechos 4,35

 «Y lo ponían a los pies de los apóstoles, y se repartía a cada uno según su necesidad».

ARRIBA

 

 

Mateo 6,3

«Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha».

ARRIBA

 

Deuteronomio 24,19-21

 

«Cuando siegues la mies en tu campo, si dejas en él olvidada una gavilla, no volverás a buscarla. Será para el forastero, el huérfano y la viuda, a fin de que Yahveh tu Dios te bendiga en todas tus obras. Cuando varees tus olivos, no harás rebusco. Lo que quede será para el forastero, el huérfano y la viuda. Cuando vendimies tu viña, no harás rebusco. Lo que quede será para el forastero, el huérfano y la viuda».

ARRIBA

 

2 Corintios 9.7

 «Cada cual dé según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, pues: Dios ama al que da con alegría».

ARRIBA

 

2 Corintios 9,8

 

«Y poderoso es Dios para colmaros de toda gracia a fin de que teniendo, siempre y en todo, todo lo necesario, tengáis aún sobrante para toda obra buena».

ARRIBA

 

 

2 Corintios 9,9-11

 

«Como está escrito: Repartió a manos llenas; dio a los pobres; su justicia permanece eternamente. Aquel que provee de simiente al sembrador y de pan para su alimento, proveerá y multiplicará vuestra sementera y aumentará los frutos de vuestra justicia. Sois ricos en todo para toda largueza, la cual provocará por nuestro medio acciones de gracias a Dios».

ARRIBA

 

 

1 Timoteo 6, 10

 «Porque la raíz de todos los males es el afán de dinero, y algunos, por dejarse llevar de él, se extraviaron en la fe y se atormentaron con muchos dolores».

Comentario

El apego al dinero es extremamente peligroso si hacemos de él nuestro dios,

 

Hechos 4,36-37

 «José, llamado por los apóstoles Bernabé (que significa: "hijo de la exhortación"), levita y originario de Chipre, tenía un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles».

ARRIBA

 

Nehemías 10,38

«Nos imponemos como obligación: dar un tercio de ciclo al año para el servicio de la Casa de nuestro Dios».

ARRIBA

 

Levítíco 19,9-10

 

«Cuando cosechéis la mies de vuestra tierra, no siegues hasta el borde de tu campo, ni espigues los restos de tu mies. Tampoco harás rebusco de tu viña, ni recogerás de tu huerto los frutos caídos- los dejarás para el pobre y el forastero. Yo, Yahveh, vuestro Dios».

ARRIBA

 

 

Éxodo 25,1-2

 «Yahveh habló a Moisés diciendo: Di a los israelitas que reserven ofrendas para mí. Me reservaréis la ofrenda de todo aquel a quien su corazón mueva».

ARRIBA

 

Éxodo 35,5

 «Reservad de vuestros bienes una ofrenda para Yahveh. Que reserven ofrenda para Yahveh todos aquellos a quienes su corazón mueva».

ARRIBA

 

Moisés advierte al pueblo haciéndole tomar conciencia de sus obligaciones. Todos deben dar la ofrenda. Así actúa el justo.

 

Deuteronomio 16,10.15-17

 

«Y celebrarás en honor de Yahveh tu Dios la fiesta de las Semanas, con la ofrenda voluntaria que haga tu mano, en la medida en que Yahveh tu Dios te haya bendecido.

Durante siete días harás fiesta a Yahveh tu Dios en el lugar elegido por Yahveh; porque Yahveh tu Dios te bendecirá en todas tus cosechas y en todas tus obras, y serás plenamente feliz. Tres veces al año se presentarán todos tus varones ante Yahveh tu Dios, en el lugar elegido por él: en la fiesta de los Ázimos, en la fiesta de las Semanas, y en la fiesta de las Tiendas. Nadie se presentará ante Yahveh con las manos vacías, sino que cada cual ofrecerá el don de su mano, según la bendición que Yahveh tu Dios te haya otorgado».

ARRIBA

 

Proverbios 11,24-26

 «Hay quien gasta y todavía va a más- y hay quien ahorra en demasía sólo para venir a menos. El alma generosa será colmada, y el que sacia a otro la sed, también será saciado. El pueblo maldice al que acapara trigo, bendición para la cabeza del que vende».

ARRIBA

 

1 Crónicas 29,9

 «Y el pueblo se alegró por estas ofrendas voluntarias- porque de todo corazón la habían ofrecido espontáneamente a Yahveh. También el rey David tuvo un gran gozo».

ARRIBA

 

1 Crónicas 29,10-18 Acción de gracias

«Después bendijo David a Yahvel en presencia de toda la asamblea diciendo: ¡bendito tú, oh Yahveh, Dios de nuestro padre Israel, desde siempre hasta siempre! Tuya, oh Yahveh, es la grandeza, la fuerza, la magnificencia, el esplendor y la majestad- pues tuyo es cuanto hay en el cielo y en la tierra. Tuyo, oh Yahveh, es el reino; tú te levantas por encima de todo. De ti proceden las riquezas y la gloria. Tú lo gobiernas todo- en tu mano están el poder y la fortaleza, y es tu mano la que todo lo engrandece y a todo da consistencia. Pues bien, oh Dios nuestro, te celebramos y alabamos tu Nombre magnífico. Pues, ¿quién soy yo y quién es mi pueblo para que podamos ofrecerle estos donativos? Porque todo viene de ti, y de tu mano te lo damos. Porque forasteros y huéspedes somos delante de ti, como todos nuestros padres; como sombras son nuestros días sobre la tierra y no hay esperanza. Yahveh, Dios nuestro, todo este grande acopio que hemos preparado para edificarte una Casa para tu santo Nombre, viene de tu mano y tuyo es todo. Bien sé, Dios mío, que tú pruebas los corazones y amas la rectitud por eso te he ofrecido voluntariamente todo esto con rectitud de corazón. y ahora veo con regocijo que tu pueblo, que está aquí, te ofrece espontáneamente tus dones. Oh Yahveh, Dios de nuestros padres Abraham, Isaac, e Israel ` conserva esto perpetuamente para formar los pensamientos en el corazón de tu pueblo, y dirige tú su corazón hacia ti"».

ARRIBA

 

Génesis 12,7-8

«Yahveh se apareció a Abram y le dijo: 'A tu descendencia he de dar esta tierra". Entonces él edificó allí un altar a Yahveh que se le había aparecido. De allí pasó a la montaña, al oriente de Betel, y desplegó su tienda, entre Betel al occidente y Ay al oriente. Allí edificó un altar a Yahveh e invocó su nombre».

ARRIBA

 

Exodo 36,5-7

«Y fueron a hablar con Moisés, diciendo: «El pueblo entrega más de lo que se precisa para la realización de las obras que Yahveh ha mandado hacer". Entonces Moisés mandó correr la voz por el campamento: "Ni hombre ni mujer reserve ya más ofrendas para el Santuario". Suspendió el pueblo su aportación, pues había material suficiente para ejecutar todos los trabajos- y aun sobraba».

ARRIBA

 

Génesis 4,3-5

«Pasó algún tiempo, y Caín hizo a Yahveh una oblación de los frutos del suelo. También Abel hizo una oblación de los primogénitos de su rebano, y de la grasa de los mismos. Yahveh miró propicio a Abel y su oblación, mas no miró propicio a Caín y su oblación, por lo cual se irritó Caín en gran manera y se abatió su rostro».

ARRIBA

 

Proverbios 3,9-10

«Honra a Yahveh con tus riquezas, con las primicias de todas tus ganancias: tus trojes se llenarán de grano y rebosará de mosto tu lagar».

ARRIBA

 

Génesis 8-20

«Noé construyó un altar a Yahveh, y tomando de todos los animales puros y de todas las aves puras, ofreció holocaustos en el altar».

ARRIBA

 

2 Corintios 8,1-4

«Os damos a conocer, hermanos, la gracia que Dios ha otorgado a las Iglesias de Macedonia. Pues, aunque probados por muchas tribulaciones, su rebosante alegría y su extrema pobreza han desbordado en tesoros de generosidad. Porque atestiguo que según sus posibilidades, y aun sobre sus posibilidades, espontáneamente nos pedían con mucha insistencia la gracia de participar en el servicio en bien de los santos».

ARRIBA

 

Lucas 16,10-11

«El que es fiel en lo mínimo, lo es también en lo mucho- y el que es injusto en lo mínimo, también lo es en lo mucho. Si, pues, no fuisteis fieles en el dinero injusto, ¿quién os confiará lo verdadero?».

ARRIBA

 

Eclesiástico 35,4-12

«No te presentes ante el Señor con las manos vacías, pues todo esto es lo que prescribe el mandamiento. La ofrenda del justo unge el altar, su buen olor sube ante el Altísimo. El sacrificio del justo es aceptado, su memorial no se olvidará. Con ojo generoso glorifica al Señor, y no escatimes las primicias de tus manos. En todos tus dones pon tu rostro alegre, con contento consagra los diezmos. Da al Altísimo como él te ha dado a ti, con ojo generoso, con arreglo a tus medios. Porque el Señor sabe pagar, y te devolverá siete veces más. No trates de corromperle con presentes, porque no los acepta, no te apoyes en sacrificio injusto».

ARRIBA

 

2 Corintios 9,6-7

«Mirad: el que siembra con mezquindad, cosechará también con mezquindad- el que siembra en abundancia, cosechará también en abundancia. Cada cual dé según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, pues: Dios ama al que da con alegría».

ARRIBA

 

Lucas 6,38

«Dad y se os dará- una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá».

ARRIBA

 

1 Corintios 16,2

«Cada primer día de la semana, cada uno de vosotros reserve en su casa lo que haya podido ahorrar, de modo que no se hagan las colectas cuando llegue yo».

ARRIBA

 

Eclesiástico 34,18-22

«Sacrificar cosa injusta es hacer ofrenda rechazada, no logran complacencia los presentes de los sin ley. No se complace el Altísimo en ofrendas de impíos, ni por el cúmulo de víctimas perdona los pecados, Inmola a un hijo a los ojos de su padre quien ofrece víctima a costa de los bienes de los humildes. Pan de indigentes es la vida de los pobres, quien se lo quita es un hombre sanguinario. Mata a su prójimo quien le arrebata su sustento, vierte sangre quien quita el jornal al jornalero».

ARRIBA

 

 

Lucas 19,8-10

«Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: "Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres- y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo".

ARRIBA

 

OTRAS CITAS:

Mateo 25,34-40

«Entonces dirá el Rey a los de su derecha: "Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer- tuve sed, y me disteis de beber- era forastero, y me acogisteis- estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis, en la cárcel, y vinisteis a verme`. Entonces los justos le responderán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos- o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?". Y el Rey les dirá: 'En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.

ARRIBA

 

Mateo 10,42

«Y todo aquel que dé de beber tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa».

ARRIBA

 

Mateo 6,25-31

«Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido. Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas. Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida. Y del vestido, ¿por qué preocuparos. Observad los lirios del campo, cómo crecen- no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe? No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos?».

ARRIBA

 

Lucas 18,9-14

«Dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: 'Dos hombres subieron al templo a orar, uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: 'iOh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias'. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: '¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!'. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado- y el que se humille, será ensalzado".

ARRIBA

 

 
 

 
© Copyright 2009 / Pastoral del  Diezmo  ha sido desarrollado por VE Multimedios™. 
Todos los derechos reservados.