¿Quiénes son los Padres de la Iglesia?

ADMINISTRACIÓN DE LOS BIENES

LA AVARICIA
AYUNO

BIEN COMÚN

BIENES
LA CARIDAD

COMUNICACIÓN DE BIENES

DESTINO UNIVERSAL DE LOS BIENES CREADOS

DINERO

EDUCACIÓN DE LOS HIJOS EN EL USO DE BIENES

FELICIDAD

HIJOS

JUICIO FINAL

LUJOS

NECESARIO Y SUPERFLUO

PERDÓN DE LOS PECADOS Y LIMOSNA

POSESIÓN DE BIENES

PROPIEDAD
RICOS
SALVACIÓN DE LOS RICOS
SOLIDARIDAD

USO DE LOS BIENES

2- CITAS BÍBLICAS: DIEZMO – OFRENDA

QUÉ DICE LA BIBLIA SOBRE EL DIEZMO

QUÉ DICE LA BIBLIA SOBRE LA OFRENDA

OTRAS CITAS


¿Quiénes son los Padres de la Iglesia?

Con la expresión Padres de la Iglesia se entiende, en sentido estricto, a aquellos autores cristianos antiguos, anteriores al año 750 según una fecha convencional pero que tiene su razón de ser, que poseen además ortodoxia de doctrina, santidad de vida y la aprobación de la Iglesia. Se aplica en cambio el nombre de escritores eclesiásticos a los que carecen de algunas de las tres últimas características; no por eso dejan de interesarnos, pues a menudo nos ayudan a entender no sólo la ocasión sino aun el mismo alcance de las afirmaciones ortodoxas de la época.
Ellos ahora nos vienen a iluminar sobre el sentido de la caridad, del ayuno, del bien común, de la avaricia y de la comunicación de los bienes, entenderlos correctamente nos permitirá ordenar muchos aspectos de nuestra vida al tener una recta visión sobre que es lo el Señor pide a cada uno de sus hijos.
Como se puede ver, la antigüedad es una característica común a unos y a otros, y es tanto más importante cuanto mayor sea, pues a causa de ella son testimonios de la fe y de la Tradición en aquellos primeros siglos en que se fija el dogma y nace la teología. Cosa que ocurre, en buena parte, gracias a su actividad; y, de manera especial, gracias a la de los Padres de la Iglesia en sentido estricto, que precisamente por eso, reciben este nombre.
El valor del legado de los Padres y su significado para la Iglesia ha sido expresado felizmente por el Papa Juan Pablo II con estas palabras:
 

«Padres de la Iglesia se llaman con toda razón aquellos santos que con la fuerza de la fe, con la profundidad y riqueza de sus enseñanzas la engendraron y formaron en el transcurso de los primeros siglos. Son de verdad 'Padres' de la Iglesia, porque la Iglesia, a través del Evangelio, recibió de ellos la vida. Y son también sus constructores, ya que por ellos - sobre el único fundamento puesto por los Apóstoles, es decir, sobre Cristo- fue edificada la Iglesia de Dios en sus estructuras primordiales. La Iglesia vive todavía hoy con la vida recibida de esos Padres; y hoy sigue edificándose todavía sobre las estructuras formadas por esos constructores, ya que por ellos -sobre el único fundamento puesto por los Apóstoles, es decir, sobre Cristo- fue edificada la Iglesia de Dios en sus estructuras primordiales. La Iglesia vive todavía hoy con la vida recibida de esos Padres; y hoy sigue edificándose todavía sobre las estructuras formadas por esos constructores, entre los goces y penas de su caminar y de su trabajo cotidiano. Fueron, por tanto, sus Padres y lo siguen siendo siempre; por ellos constituyen, en efecto, una estructura estable de la iglesia y cumplen una función perenne en pro de la Iglesia, a lo largo de todos los siglos. De ahí que todo anuncio del Evangelio y magisterio sucesivo deba adecuarse a su anuncio y magisterio si quiere ser auténtico; todo carisma y todo ministerio debe fluir de la fuente vital de su paternidad; y, por último, toda piedra nueva, añadida al edificio santo que aumenta y se amplifica cada día, debe colocarse en las estructuras que ellos construyeron y enlazarse y soldarse con esas estructuras. Guiada por esa certidumbre, la Iglesia nunca deja de volver sobre los escritos de esos Padres -llenos de sabiduría y perenne juventud- y de renovar continuamente su recuerdo. De ahí que, a lo largo del año litúrgico, encontramos siempre, con gran gozo, a nuestros Padres y siempre nos sintamos confirmados en la fe y animados en la esperanza»
(Carta apostólica Patres Ecclesiae, con ocasión del XVI centenario de la muerte de San Basilio, edición castellana del «Osservatore Romano», 27-I-1980).

 

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ADMINISTRACIÓN DE LOS BIENES

Eres administrador de lo que tienes
Entiende, hombre, quién te ha dado lo que tienes, acuérdate de quién eres, qué administras, de quién has recibido, por qué has sido preferido a otros. Has sido hecho servidor de Dios, administrador de los que son, como tú, siervos de Dios; no te imagines que todo ha sido preparado exclusivamente para tu vientre. Piensa que lo que tienes entre manos es cosa ajena. Te alegra por un tiempo, luego se te escurre y desaparece; pero de todo se te pedirá estrecha cuenta.

(S. Basilio, H. Destruam 2).

ARRIBA 

No seamos malos administradores

No seamos, amigos y hermanos míos, en manera alguna malos administradores de lo que nos ha sido dado, no sea que hayamos de oír a Pedro que nos dice: «Avergonzaos los que retenéis lo ajeno; imitad la equidad de Dios y no habrá ningún pobre» (Ex apost. const. Clementis) 

 (S. Gregorio Nacianceno, D. 14 amor pobres 24).

ARRIBA

Somos administradores de lo ajeno

Que cada uno de vosotros se dé cuenta de que es administrador de lo ajeno; que cada uno arroje de su alma toda soberbia de señorío y pro­piedad, y tome más bien la actitud de humildad y cautela que conviene al que es súbdito y administrador. Como quien a cada momento está esperando la llegada del amo, escribe con la cuenta que te justifique. Eres inquilino, y sólo por poco tiempo se te ha concedido el uso de lo que tienes confiado

(S. Asterio, H. Mayordomo inicuo).

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LA AVARICIA

La avaricia esclaviza

Terrible cosa es, terrible la avaricia, que embota Ojos y Oídos Y hace a sus víctimas más fieros que una fiera. La avaricia no deja pensar e, la conciencia ni en la amistad ni en la salvación de la propia alma; de todo aparta de un golpe y, como una dura tirana, hace esclavos suyos a quienes se dejan prender por ella-

(S. Juan Crisóstomo Jo h. 65, 3)

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La avaricia no es sólo la concupiscencia de loa ajeno.
La avaricia no consiste sólo en la concupiscencia de lo ajeno. Lo que parece que es nuestro, es ajeno, pues nada es nuestro, porque todas las cosas son de Dios, a quien pertenecemos también nosotros mismos. Si sufrimos alguna pérdida y la llevamos con impaciencia, doliéndonos de perder lo que no es nuestro, damos a entender que no estamos libres aún de la avaricia. Amamos lo ajeno, cuando soportamos difícilmente la pér­dida de lo ajeno. Quien se deja llevar por la impaciencia, anteponiendo los bienes terrenos a los celestiales, peca directamente contra Dios, pues aniquila el espíritu que recibió de Dios en atención a los bienes de este siglo. Así, pues, renunciemos con buen ánimo a las cosas de este mundo y busquemos las celestiales. Aunque todos los bienes de este siglo perez­can, poco importa si se incrementa nuestra paciencia. Si alguno lleva mal el verse privado por el hurto, la violencia o incluso la pereza de una pequeña parte de lo que posee, ¿se puede esperar que se desprenda de parte de sus bienes para hacer limosnas?

(Tertuliano Sobre paciencia 7).

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AYUNO

Abunde tu ayuno con limosna

Abunden los ayunos de los cristianos en la distribución de las limosnas y en el cuidado de los pobres, y lo que cada uno quita a goces lo emplee en los enfermos e indigentes. Háganse buenas obras para que todos con una sola boca bendigan a Dios y quien dé alguna parte de sus riquezas entienda que es ministro de la misericordia divina que puso la parte del pobre en la mano del liberal. Los pecados que lavan el bautismo de agua o las lágrimas de penitencia también son borrados por las limosnas, según dice la Escritura: «Como el agua extingue el fuego, así la limosna borra los pecados»

(Si 3, 30) (5. Leóp1 Magno, se. 49, 6).

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No sirve para el cielo

Yo sé de muchos que ayunan, hacen oración, gimen y suspiran, practican toda piedad que no suponga gasto, pero que no sueltan un óbolo para los necesitados. ¿De qué les aprovecha toda esa piedad? ¡No se les admitirá en el reino de los cielos!

( Basilio, H. contra ricos 3).

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BIEN COMÚN

Búsqueda del bien común y semejanza divina

Quiero te des cuenta cómo los mandamientos de que hace Dios particular cuenta son éstos señaladamente; para lo que basta conside­rar que, cuando habla del ayuno y la virginidad, hace memoria del reino de los cielos; mas cuando establece sus leyes acerca de la limos­na y humanidad y de la misericordia de que hemos de estar animados, nos pone delante un galardón muy superior al reino mismo de los cie­los: «Para que seáis —dice— semejantes a vuestro Padre del cielo» (Mt 5, 45). Así, las leyes que señaladamente hacen a los hombres seme­jantes a Dios, en cuanto cabe que los hombres se asemejen a Dios, son las que miran al provecho y bien común. Y queriendo Cristo dar a entender eso mismo, decía: «Porque Él hace salir su sol sobre los malos y buenos, y llueve sobre justos e injustos» (Mt 5, 45). Así voso­tros, empleando según vuestras fuerzas lo que tenéis en común prove­cho, imitad al que distribuye sus bienes por igual a todos.

(Juan Crisóstomo, Sobre la fe h. 1, 7)

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Vivir es sobre todo servir al bien común
En lo terreno, nadie vive para sí solo. El artesano, el soldado, el labrador, el comerciante, todos sin excepción, contribuyen al bien común y al provecho del prójimo. Pues con mayor razón ha de hacerse así en lo espiritual. Porque esto es sobre todo vivir. El que sólo vive para si y desprecia a todos los demás, es un ser inútil, no es hombre, no pertenece a nuestro linaje.

(5. Juan Crisóstomo, Mt h. 77, 6).

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BIENES
Bien que hace bueno y bien para hacer el bien
Hay un bien que hace bueno y un bien con el que puedes hacer bien. El bien que te hace bueno es Dios, porque no puede hacer bueno al hombre a no ser Aquel que es la misma bondad. Luego, para ser bueno, invoca a Dios. Pero hay otro bien con el que puedes hacer bien; es decir, todo lo que tuvieres. El oro y la plata son bienes que no te pue­den hacer bueno, pero con los que puedes hacer el bien. Tienes oro, tie­nes plata y apeteces oro y apeteces plata. Tienes y deseas más; estás hinchado y aún tienes sed. Esto es enfermedad, no opulencia.

( Agustín, se. 61, n. 3).

ARRIBA

Bienes que concede Dios al hombre con la condición de usarlos rectamente
Dios, sapientísimo creador y justísimo ordenador de todas las natu­ralezas, que concedió al hombre la máxima dignidad entre los seres de la tierra, le dio ciertos bienes convenientes a esta vida; es decir, la paz temporal según la medida de la vida mortal para su conservación, inco­lumidad y sociabilidad. Le concedió también todas las cosas necesarias para conservar y recuperar esta paz, como lo que es apto y convenien­te para los sentidos, la luz, la noche, las auras respirables, las aguas potables, y todo lo que es apto para alimentar, vestir, curar y adornar el cuerpo. Todo eso nos lo concedió con una condición justísima: que el mortal que usara rectamente de tales bienes, ajustándose a la paz de los mortales, recibiría bienes mayores y mejores, a saber, la misma paz inmortal y la gloria y el honor conveniente a ella, de gozar a Dios en la vida eterna y al prójimo en Dios. Pero quien use mal no recibirá aque­llos bienes y perderá éstos.

(Agustín, Ciudad de Dios 19, 13, 2).

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LA CARIDAD
La caridad siempre tiene que dar. Es la buena voluntad

¡No tiene límite el bien que hace la caridad! Si posee bienes exteri­ores, da de los que tiene; en caso contrario, muestra buena voluntad y si puede, aconseja y ayuda, y si, finalmente, no puede aconsejar ni ayudar, expresa su buen deseo y ora por el atribulado, y, sin duda, Dios oye antes esta oración que la del que ofrece pan. Tiene siempre algo que dar aquel cuyo pecho está henchido de caridad.

La caridad misma no es otra cosa que la buena voluntad. Dios no te exige más que lo que hay dentro de ti. No puede faltar la buena volun­tad.  Si no tienes buena voluntad, aunque te sobre el dinero no lo das al pobre. Si tienen buena voluntad, los mismos pobres pueden ayudarse y hacerse bien recíprocamente. Considera cómo el ciego es guiado por el vidente. Este no tiene dinero para dar al necesitado, pero presta sus ojos al que no los tiene. ¿Y esto por qué, sino porque posee interiormente la buena voluntad, el tesoro de los pobres? En este tesoro se encuentra el descanso dulcísimo y la verdadera seguridad. No lo puede robar el ladrón ni ser perdido en un naufragio. Cada uno lleva consigo su inte­rior y, aunque tenga que huir desnudo, puede ser rico. «El justo, por consiguiente, se compadece y presta»

(Sal 36, 21) (S.Agustín, Sal 36, n. 13).

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Siervo por la caridad, libre por la verdad
«Servid al Señor con alegría» (Sal 99, 2). Libre es la esclavitud del Señor; libre la servidumbre, a la cual nos sujeta la caridad, no la necesidad. «Vosotros, hermanos -dice el Apóstol—, habéis sido llamados a libertad; pero no sea la libertad pretexto para servir a la carne, antes servios recíprocamente por caridad de espíritu» (Ga 5, 13). Siervo te haga la caridad, para que libre te haga la verdad. «Si permaneciereis en ¡ni espíritu —dice el Señor—, seréis verdaderos discípulos míos y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 3 1-2). Eres a la vez siervo y libre: esclavo, porque has sido creado; libre, porque eres amado por Dios, que te ha hecho, y, en consecuencia, también libre, p0tque amas a Dios, que te ha creado.

( S. Agustín, Sal 99, n. 7).

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No usa bien sino la caridad
No usa bien sino la caridad. La caridad todo lo tolera (lCo 13, 7) y no quebranta la unidad, de la que ella misma es su más fuerte vínculo. También el siervo del Evangelio recibió un talento, por el que se signi­fica todo don de Dios; sin embargo, dice el Evangelio: «Al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará aun lo que tiene» (Mt 25, 29). No puede ser quitado lo que no se tiene, pero al siervo le falta algo y con razón se le quitó lo que tenía; no tenía la caridad para usar bien, de modo que se le quitó todo lo demás, porque sin la caridad nada apro­vecha.

(S. Agustín, A Simpliciano 2, 10).

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COMUNICACIÓN DE BIENES

 

No encojas la mano para dar.

No seas de los que extienden la mano para recibir y la encogen para dar.

(Didaché 4, 5).

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Es rico el que da.

«Hay quienes, al sembrar, recogen más» (Pr 11, 24): aquellos de quienes se escribe: «Derramó, dio a los pobres, su justicia permanece para siempre» (Sal 111, 9). De suerte que no es rico el que posee y guarda, sino el que da; y este dar, no el poseer, hace al hombre feliz. Ahora bien, fruto del alma es esa prontitud en dar. Luego en el alma está el ser rico.

(Clemente de Alejandría, Pedagogo 3, 6).

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Se condena al que no da de lo suyo.

¡ Qué horror, qué sudor y tinieblas no te rodearán cuando oigas la otra sentencia de condenación: «Apartaos de mí, malditos, a las tinie­blas exteriores, que están preparadas para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, estaba desnudo y no me vestisteis» (Mt 25, 41). No se acusa ahí al ladrón, sino que se condena al que no quiere dar de lo suyo. 

(S. Basilio, H. Destruam 8).

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La limosna, don y préstamo.

¿Cuál es el consejo del Señor? «Prestad a quienes no tenéis espe­ranza que os devuelvan lo prestado» (Lc 6, 34). «~,Y qué préstamo es ése —me decís—, al que no va junta la esperanza de pago?» Entiende el sentido del dicho del Señor y admirarás la bondad del que da esa ley. Cuando das al pobre por amor del Señor, una misma cosa es el don y el préstamo. Don, primeramente, porque no hay esperanza de recibir nada a cambio; préstamo, también, por el gran galardón de parte del Señor, que te pagará por el pobre, y por una nonada, recibida por manos de éste, te devolverá grandes sumas

(5. Basilio, 11. contra usu­reros 5).

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Lo que caracteriza a la limosna es la intención.

Lo que da su carácter a la limosna no es la cantidad de bienes, sino la cantidad de intención o espíritu. Así, la viuda del Evangelio no echó más que sus dos reales y sobrepasó a los que nadaban en riqueza, y la otra viuda, con un puñado de harina y un poco de aceite, dio hospedaje al pro­feta, cuya alma era toda celeste; y para ninguna de las dos fue obstáculo la pobreza. No alegues, pues, excusas superfluas e insensatas. Dios no pide abundancia en el dar, sino riqueza en la intención; y esta riqueza no se muestra por la medida de los dones, sino por la buena voluntad de los donantes

(5. Juan Crisóstomo, Sobre el Incomprensible 1’. 8, 2).

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Limosna, oración y ayuno.

Los que oran no se acerquen a Dios con simples discursos infructuosas y desnudos. Es petición ineficaz rogar a Dios con oraciones sin obras. Porque si «todo árbol que no dé buen fruto será arrancado de raíz y echado al fuego» (Mt 7, 19), no pueden agradar a Dios las palabras ~m fruto que no sean fecundas en obras. De ahí que la Escritura divina nos instruya diciendo: «Buena es la oración con la limosna y el ayuno» (Tb 12, 9). Porque quien en el día del Juicio ha de premiar las buenas obras y las limosnas, hoy también escuchará benignamente las oracio­nes acompañadas de las mismas obras buenas. De este modo mereció ser oída la oración de Cornelio, el centurión. Hacía muchas limosnas al pueblo y oraba Continuamente a Dios. Cuando estaba en oración, cerca de la hora nona, se le apareció un ángel y, dando testimonio de sus bue­nas obras, le dijo: «Cornelio, tus oraciones y limosnas han subido hasta el trono de Dios, quien las tendrá presentes» (Hch 10, 4). Las oraciones realizadas con el mérito de las buenas obras no tardan en ser escucha­das por Dios. El arcángel San Rafael atestiguó esto mismo también res­pecto de Tobías, que oraba sin intermisión y practicaba continuamente obras de caridad.

(5. Cipriano, Sobre el Padrenuestro 32).

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Da limosna con alegría.

«El que da limosna —dice el apóstol— hágalo con alegría» (Rm 12, 8), y el bien que hagas se duplicará por la buena gracia. Pues lo que se hace con pena y por fuerza no tiene gracia ni belleza. Fiesta hay que celebrar, no lamentarse, cuando se hace el bien. 

(5. Gregorio Nacian­ceno, D. 14 amor pobres 38).

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si eres pobre, da de lo poco que tengas.

Dirás que también tú eres pobre. Demos que lo seas. Da. Da de lo que tengas. Dios no te pide nada por encima de tus fuerzas. Da tú un pedazo de pan; otro, un vaso de vino; otro, un vestido, y así, por la colaboración de muchos, se remedia la calamidad de uno solo. Moisés mismo no recibió de un solo contribuyente el coste de la tienda de la alianza (cfr. Ex 25, 1 y sigs.). Uno aporté oro por ser rico en oro; otro, plata; los pobres, pieles, y los más pobres, palos. ¿No ves cómo la monedilla de la viuda sobrepasé las ofrendas de los ricos? Ella se desprendió de todo lo que tenía; mas los ricos sólo un poco dejaron caer (Mc 12, 41 y sigs.). No desprecies, como si nada valieran, a los que yacen tendidos. Considera quiénes son y descubrirás qué tal sea su dignidad: ellos nos representan la persona del Salvador.

(5. Gregorio  Niseno, D. 1 sobre pobres).

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El Señor no se avergüenza de recibir limosna de los pobres.

Los pobres no saben lo que es el oro ni poseen tantos vestidos. Pero tienen un poco de pan y agua. Tienen un par de óbolos y dos pies para visitar a los enfermos, y lengua y palabra para consolar a un afligido, y casa y techo para convidar a su mesa al peregrino. No les pedimos a los pobres tantos o tantos talentos; éstos se dejan para los ricos. Mas si uno es pobre y va a la puerta de otro pobre, nuestro Señor no se avergüen­za de recibir de su mano un óbolo, y aun dirá haber recibido más que quienes echaron mayores cantidades en el cepillo del templo

(cfr. Mc 12, 41 y sigs.) (5. Juan Crisóstomo, Mt h. 49, 4).

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No excusa la pobreza de la limosna.

Ninguno, amadísimos, se considere exento de hacer obras buenas, nadie ponga como excusa la pobreza, como quien apenas se basta para sí y no puede ayudar a otro. Grande es lo que se da de poco y en la balanza de la justicia divina pesan las intenciones. La viuda evangélica eché dos céntimos en el cepillo (Mc 12, 42) y superó los dones de todos los ricos. Ninguna piedad es vil delante de Dios y ninguna misericor­dia infructuosa. Ha dado, ciertamente, a los hombres diversas fortunas, pero no desea distintos efectos. Consideren todos su hacienda y quie­nes más recibieron den más.

(5. León Magno, se. 20, 3).

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DESTINO UNIVERSAL DE LOS BIENES CREADOS

 

Dios todo lo hizo para todos.

Dios creó el género humano para la comunión o comunicación de unos con otros, como que Él empezó por repartir de lo suyo y a todos los hombres suministró su Logos común y todo lo hizo por todos. Luego todo es común y no pretendan los ricos tener más que los demás. Así, pues. aquello de «tengo y me sobra, ¿por qué no he de gozar?», no es humano ni propio de la comunión de bienes. Más propio de la caridad es decir: «Tengo, ¿por qué no dar parte a los necesitados?» El que así sienta es perfecto, porque ha cumplido el mandamiento de «amar a su prójimo como a sí mismo»

(Clemente de Alejandría, Pedagogo 2,12).

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Dios quiso que el uso fuera común.

Sé muy bien que Dios nos ha dado la facultad del uso, pero sólo hasta la necesaria, y quiso, por otra parte, que el uso fuera común. Y es absurdo que uno solo viva entre deleites, mientras los más están en la miseria. ¡ Cuánto más glorioso es hacer un beneficio a muchos que morar en lujosa casa! ¡Cuánto más inteligente gastar en favor de los hombres, que no en piedras y objetos de oro! ¡Cuánto más provechoso es poseer amigos adornados o morigerados, que adornos inanimados!

(Clemente de Alejandría, Pedagogo 2, 12).

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Todo lo de Dios es para nuestro uso común.

Todo lo que pertenece a Dios es para nuestro uso común, y no es excluido nadie de sus beneficios y dones, pues todo el género humano disfruta igualmente de la bondad y largueza divinas. Del mismo modo el día ilumina para todos, el sol lanza sus rayos, las lluvias riegan, el viento sopla, el sueño es uno para todos los que duermen y el esplen­dor de la luna y las estrellas es común. Cualquier propietario que, según este ejemplo de equidad, parte sus rentas y frutos con sus hermanos, en tanto que se muestre justo y caritativo en estas donaciones gratuitas, es imitador de Dios.

(5. Cipriano, De buenas obras y limosna 25).

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Dios entregó la tierra a todos los hombres

Dios entregó la tierra a todos los hombres. Dios entregó la tierra en común a todos los hombres con el desig­nio de que gozasen todos de los bienes que produce en abundancia, no para que cada uno, con avaricia furiosa, vindicare para sí todas las cosas, ni para que alguno se viese privado de lo que la tierra producía para todos.

(Lactancio, Instituciones divinas 5, 5).

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DINERO

 

El dinero es precioso, si se difunde.

El dinero es vil, pero se hace valioso por la fe; es vil cuando se esconde, precioso cuando se difunde, pues está escrito: «Esparció, dio a los pobres, su justicia permanece eternamente»

(Sal 106, 9) (S. Ambrosio, Sal 37, n. 24).

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Amor a Dios y amor al dinero.

No puede amar mucho al dinero quien ama a Dios. Me doy cuenta de nuestra debilidad por eso he dicho no ama al dinero, sino «no ama mucho al dinero». En cierto sentido pueden ser amadas las riquezas, pero no mucho. ¡Oh, si amáramos debidamente a Dios no amaríamos en absoluto el dinero! Entonces sería para ti el dinero un instrumento de peregrinación, no un cebo de la codicia, y de él usarías para tus necesidades y no para deleitarte en él. Ama a Dios si algo ha obrado en ti lo que oyes y alabas. Usa del mundo, no te dejes dominar por él. Prosigue el camino que has comenzado. Has venido para salir de este mundo, no para quedarte en él. Vas de camino. Esta vida es una pesa­da. Usa del dinero como el viajero en el mesón usa de la mesa, el vaso, la olla, la cama. Lo has de abandonar, no lo has de poseer siempre. Si hiciereis así, levantad el corazón y oídme; si hiciereis así, alcanzaréis las promesas de Dios

(5. Agustín, Jn 40, 10).

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Poder del dinero, rey de la iniquidad.

El dinero impera en las naciones, manda en los reinos, origina las guerras, compra a los guerreros, derrama sangre, ocasioria muertes, traiciona a las patrias, destruye las urbes, somete a los pueblos, asalta las fortalezas, maltrata a los ciudadanos, domina las puertas, corrompe el derecho, confunde lo lícito e ilícito y, luchando hasta la muerte, tienta la fe, viola la verdad, consume la fama, disipa la honestidad disuelve el afecto, roba la inocencia, sepulta la piedad, separa a los parientes, socava la amistad. ¿Y qué más? Todo esto es el dinero, rey de la iniquidad, que domina inicuamente los cuerpos y las mentes humanas 

(s. Pedro Crisólogo, se. 126).

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EDUCACIÓN DE LOS HIJOS EN EL USO DE BIENES

 

La virtud es la mayor riqueza

No pongamos todo el empeño en acumular riquezas y dejarlas a nuestros hijos. Enseñémosles la virtud y pidamos para ellos la bendi­ción de Dios. Ésta es la mayor opulencia, ésta la riqueza inefable que no se consume, ésta la que diariamente acrecienta la misma opulencia. Efectivamente, nada hay comparable a la virtud, nada más fuerte que la virtud. No me habléis de la realeza ni del que se cine diadema. Si no posee la virtud, es más miserable que el más pobre harapiento. Porque, ¿de qué le vale la diadema o la púrpura, cuando su propia desidia lo traiciona? ¿Acaso el Señor hace distinción de dignidades exteriores? ¿Acaso se conmueve por el lustre de las personas? Aquí sólo se busca una cosa, aquí sólo la práctica de la virtud abre las puer­tas del valimiento ante Él. El que este valimiento no tuviere, será con­tado entre los deshonrados y desvalidos.

(5. Juan Crisóstomo, Gn h. 66, 4).

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Enseña a tu hijo a menospreciar las riquezas.

Sea para nosot